Mercado Central y San Pablo

terísticas propias dada la diversa procedencia de dentro y fuera del Reino, haciendo un barrio urbanístico y social que con el tiempo llegaría a ser el centro comercial zaragozano

El Gancho, honrosa enseña parroquial, tiene su origen en el empleo de un machete en forma de hoz con el que los labradores limpiaban malezas y ramajes, acequias y brazales de riego. También lo utilizaban cuando por San Bias se iba en romería a la ermita para cortar la exuberante vegetación que impedía el paso. El gancho que cortaba cuanto era un estorbo en el campo, ha quedado como símbolo del pasado de todo un sector formado por gente buena y sencilla, donde siguen vivas algunas de las mejores tradiciones zaragozanas. Decir "soy del Gancho", es un orgullo para quien lo pronuncia y, en ocasiones, pasaporte para muchos caminos.


El Mercado se integró en el barrio al ser trasladado de la Puerta Cinegia a la de Toledo, permaneciendo hasta nuestros días; hubo un intento de establecerlo en un solar al lado del Pilar, pero Jaimell ordenó que continuase en el lugar habitual. El mismo monarca autorizó a los parroquianos del Gancho, pertenecientes a la cofradía de San Francisco, el que pudiesen tener una feria anual en la plaza, como anteriormente se había concedido poder celebrar otra feria mercantil por San Juan Bautista, convirtiéndose el barrio, por estas y otras circunstancias, en la zona más unida al Mercado.

 

 Barrio y Mercado marchan juntos desde hace casi ocho siglos, habiendo crecido entre glorias y desdichas ("Barrio que ha reído en parlas en el Mercado y ha callado en lamentos junto a la Cárcel vieja"...). Desde 1210 se extendían las mercancías al aire libre, en losas y tendederos cubiertos con toldos en el verano

Frutas y hortalizas de las huertas próximas llegaban al alba, cultiva­ das y transportadas en carros por hortelanos del Gancho, para ser vendidas a una clientela fiel y variada.  

 

Aquí se compraba para las mesas ricas y humildes para conventos, casas de caridad, palacios y prostíbulos, para los mesones y posadas que se abrían del principio de San Pablo a su iglesia: San Bias, Las Almas, San Pablo, La Campana, El Gallo; en Boggiero, la posada de Plasencia (hoy el Oasis); en Predicadores, La Salina, San Benito, San Jerónimo ... Vendedoras y parroquianas rivalizaban en genio y carácter, festivamente reflejadas en la zarzuela "Gigantes y Cabezudos".

La iglesia de San Pablo en la Parroquia del Gancho goza de acreditado prestigio que llega mucho más allá de los límites de la ciudad. 

 


Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad, cuenta con torre mudéjar sin par, portadas, capillas, imágenes y tesoros, habiendo permanecido siempre al servicio de Zaragoza y, por su nexo, al Mercado, tanto en devociones como en su fisonomía social.  

 

En sus archivos, y en el primer libro de bautizados que data de 1528, tiene en la página primera el nombre de Miguel de Azpeitia, cuya madre de origen soriano atendía un puesto de verduras en una de las esquinas de la plaza. No es nada fácil poder calcular el número de bautizos, bodas y entierros de feligreses vinculados al Mercado que han tenido lugar en tan insigne templo, muchos de ellos desconocidos al haber desaparecido algunos libros como es el caso del que contenía la partida de defunción de Juan de Lanuza, Justicia de Aragón, decapitado en la plaza por orden de Felipe ll.

 Desde su creación, y durante años, la función específica como mercado se interrumpía para transformarse en escenario de justas y torneos, representaciones de autos de fe, ejecuciones de justicia, corridas de toros y revueltas populares como el Motín del Trigo en 1504, o el de los Broqueleros en 1766, éste a consecuencia de una manifestación para que se abaratasen el pan, las judías y el aceite, siendo incapaces las autoridades para restablecer el orden. 

 

El final de los incendios, saqueos y pillaje, se debió a la intervención de un pequeño grupo de parroquianos armados de espada y broquel que lograron pacificar toda una ciudad. El labrador del Gancho, Domingo Tomás, abastecedor del Mercado, dio por terminado el episodio diciéndoles al Capitán General y autoridades que "el motín está resuelto y pueden irse a sus casas a dormir tranquilos". Algunos de aquellos broqueleros volverían a participar en 1808, en un acontecimiento más trascendente: Los Sitios de Zaragoza, en los que los de San Pablo escribieron páginas gloriosas, teniendo como uno de los ejemplos el de las Compañías Cívicas de San Pablo, dirigidas por Mariano Cerezo.

 

Otro suceso sería el de la madrugada del 5 de marzo de 1838, cuando entraron las tropas carlistas ocupando el Coso, el Mercado y plaza de San Pablo, llegando hasta la Tripería. La reacción popular propició la derrota. Entre tanto ciudadano valiente destacó un atípico personaje, cruel y pendenciero, de nombre Melchor Luna y de apodo Chorizo. Nacido en la Parroquia a principios del XIX, hijo de un carnicero del Mercado, había participado en el degüello de frailes en el convento de San Francisco.

 

 En la men­cionada mañana de marzo, su lucha al frente de un centenar de vecinos fue determinante para poner fin a la breve ocupación de la Ciudad por el regimiento carlista, dejando muertos y heridos en las calles del barrio y en la propia iglesia de San Pablo. El tal Melchor Luna, que llegó a estar varias veces en prisión condenado a trabajos forzosos, pasó sus últimos años, cojo, pobre e inútil, en el puesto que en el Mercado tenía un hermano suyo y allí murió.

 

Si la relación entre Gancho y Mercado se intensificaba en la adversidad, lo mismo ocurría cuando había que disfrutar. Son de recordar los festejos celebrados durante la estancia del rey Carloslll en Zaragoza. En la plaza del Mercado, donde se hizo uno de los actos de mayor solemnidad, se alzaban arcos de triunfo con tapices, alfombras, flores y adornos, de manera idéntica a la plaza de San Pablo donde además había hachones y retratos de los reyes.

 

Uno de los días de las fiestas fue destinado exclusivamente al barrio, con corrida de toros, músicas, meriendas y continuado jolgorio. En 1908 bien se conmemoró el Centenario de Los Sitios con la colocación de lápidas a sus héroes, celebración de honras fúnebres y procesiones, conciertos, verbenas y fuegos artificiales... y la célebre comida en la Posada de Las Almas, reproducida en 1975 con motivo del Centenario de la Cofradía de San Roque, santo de devoción popular con cofrades del Mercado arraigados también a otras hermandades parroquiales como San Antón, Santa Bárbara, El Rosario, Esclavas de los Dolores, El Silencio...Antes, en agosto, ahora, en junio, las fiestas del sector se viven animadamente desde el Mercado a la plaza de Santo Domingo, de la Ribera a Conde de Aranda.

 


Paso principal a la plaza del Mercado lo constituían las calles de la Albardería y de la Cedacería (llamadas luego Cerdán y Escuelas Pías y, al derribar la manzana por ocurrencias de la Administración convirtiéndose en avenida, primero Imperial y finalmente César Augusto), donde se encontraba el mejor y más numeroso comer­cio; bien lo saben los del Gancho y el Mercado que padecieron las molestias de aquellas transformaciones de hace unos lustros, junto a la pérdida de unas tiendas aún recordadas. 

Por allí pasaba desde el año 1925, el tranvía de la línea 7 Ayuntamiento Portillo que recorría con lentitud todo el nervio del sector, con parada en plaza de Lanuza (Mercado), Palacio de Villahermosa (Cárcel y Juzgados), Santo Domingo (Ayuntamiento y Casa de Amparo) y Portillo, con apeadero en marcha a la entrada de la Hilarza (Casta Álvarez), donde vendían los caracoles.

 

El tranvía hace mucho que desapareció, pero permanecen las calles por las que transitaba, sien­ do para Ramón J. Sender la de Predicadores su preferida, porque "en ella el barullo del Mercado se apaciguaba y la gente que antes era fenicia y gritadora con sus pregones de mercadería se hacía más razonable y noble. Noble, porque a veces las piedras calladas y los arcos de los dinteles proyectan alguna clase de distinción sobre las personas".

 

 

Otro escritor aragonés, ex parroquiano, el doctor Santiago Lorén, sabe del entrañable entorno habiendo dejado retazos de sus recuerdos en algunas de sus obras: "Las noches calurosas de agosto lanzaban a la calle a las gentes agobiadas en las viejas casas del barrio de San Pablo... Diez céntimos de escorzonera permitían esperar hasta más de la una la brisa del río que si llegaba traía bochorno del sur; otros se sentaban cerca, en los soportales de la plaza de Lanuza bajo las antiguas farolas oscurecidas por las miríadas de insectos que chocaban contra los sucios cristales de protección de las bombillas..." Noches de los tiempos del estraperlo en los alrededores del Mercado, con bares donde se reunía la vecindad trasnochadora y donde los madrugadores tomaban el café, el revuelto o el aguardiente: Aurora, Central, Lanuza, Vasconia, Chipirón, Gallo Perico...

 

Con el inicio del siglo XX se acercaban a su final los puestos al aire libre. Se construiría un mercado amplio y bien acondicionado que ocuparía toda la plaza y algo más. Así se hizo, levantándose una magnifica representación de la edificación modernista en hierro y piedra. La obra se debió en su mayor parte a la industria local, con artesanos y talleres del Gancho: Averly, que realizó las columnas y remates; Viñado que hizo los esmaltes; Vigatá y los hermanos Lasheras construyeron los forjados, cierres y verjas, etc.

 

 

 La mano de obra la pusieron en su mayoría trabajadores especialistas y obreros del barrio. El enorme galeón primera despensa en la que se junta la buena gente que vende y compra, quedaba anclado en el pulmón del Gancho a la sombra de la torre capitana de su iglesia: "Mis miradas se cerraban siempre con una torre bellísima.

 

 Desde mi casa de la calle de Aguadores, la ventana enrejada agobiaba con la torre esbelta y solemne. Cincuenta años después, una acuarela que mi hermano pintara para mi con la torre de San Pablo amagada por el silencio de la neblina, sigue en la cabecera de nuestra cama al lado de un Cristo que fue el último regalo que me hizo mi padre" (Manuel Alvar. Revista El Gancho


 

A partir de la inauguración del nuevo Mercado el 24 de junio de 1903, se incrementó la actividad viéndose beneficiados los comercios donde se complementaban las compras; tiendas de los porches y calles próximas siempre acogedoras, con una dependencia eficaz y amable, hoy integrada con la triple simbología "mercado iglesia gancho" en la Asociación de Comerciantes del Casco Antiguo Sector Mercado. 

Y continuaron llegando los carros rompiendo el silencio de la madrugada con el ruido de las ruedas sobre los cantos rodados. Al abrirse Mercazaragoza en Cogullada, torreros y mercaderes dejaron de caminar entre fardos y cajas, y de apilar banastas de frutas y verduras en el hondo, lo mismo que años atrás había cesado el traqueteo de vehículos que llevaban la mercancía desde el mercado de pescados en la plaza de Santo Domingo hasta el de Lanuza.

 

Los más viejos recuerdan aquella especie de pequeño pueblo en el que nada era ajeno a nadie, y en el que eran puntal unas mujeres que tenían la dualidad de ser parroquianas y vendedoras: Carlota la Maja, Francha la Herrera, Mariana la Caña monera, la tía Tambora, la tía Cuela, la Morena, la tía Escoscada, las señoras Nazaria, Cesárea, Lucía... 

 

Con aquellas y tantas otras, los hombres padres, maridos, hijos, formados en las buenas escuelas del ámbito parroquial: Escolapios, El Pilar, Santo Tomás, Buen Pastor, Eulogia Lafuente (de la Golondrina), Valentín Zabala (de la Ribera), todas desaparecidas excepto la Escuela Pía y que siga por muchos años. De esas clases salieron con el certificado de gente de bien aquellas y estas perso­ nas, anteriores y actuales responsables del Mercado. La vida del nuevo Mercado transcurría apacible y feliz, con sus lutos y dolores, de acuerdo con los aconteci­ mientos familiares, sociales o políticos.

 


 

Todo giraba con la monotonía de la normalidad que mueve a las perso­nas, hasta los años setenta en que se pretende derribar el suntuoso edificio, o trasladarlo piedra a piedra a leja­ no emplazamiento, con el pretexto de prolongar la avenida hasta el puente de Santiago. No se hace esperar la reacción de detallistas, compradores, colectivos vecinales, asociaciones e instituciones, prensa... y parroquianos de siempre oponiéndose a tamaña amenaza. 

 

La campaña en contra apoyada por miles de firmas recogidas en los puestos, establecimientos y en las calles, logra vencer el empecinamiento oficial consiguiendo, además de no tirar el Mercado, el ser declarado Monumento Nacional. El lema "Salvemos el Mercado" sirvió para agrupar voluntades de arriba y de abajo, llegando a estampar sus firmas desde el alcalde Miguel Merino al ultimo cargador

 

Especial mención merecen las primeras voces que clamaron por la continuidad del Mercado que fueron muchas, representadas por Lázaro Soler, Angel Sánchez, José Luis López... Mucho se escribió en los periódicos y se habló por los micrófonos, destacando profesionales, políticos e intelectuales vinculados al Gancho: Sebastián Contín, Federico Torralba, Santiago Lorén, José María Zaldívar, Fernando Solsona; este, defensor y divulgador de siempre de todo lo del Barrio, escribió una proclama que comenzaba así: "A los parroquianos de San Pablo. Salvemos el Mercado!" Seguía con un encendido razonamiento mostrando el sentir de la mayoría de los zaragozanos, convocándoles a todos a firmar, terminando "Porque salvar el Mercado es salvar Zaragoza y la continuidad de nuestra entrañable Parroquia". Eran los primeros días del año 1977 cuando el peligro había pasado. Seguiría en pie el Mercado, siendo el Gancho el primer beneficiario en su economía.  

En 1986, interior y exterior del edificio fueron objeto de una importante remodelación y, Ayuntamiento y Asociación de Detallistas, para un inmediato futuro preparan un estudio de viabilidad del Mercado Central de Lanuza con el fin de proceder a una renovación, tanto de sus estructuras físicas como de sus componentes comerciales.

 


 

Ahí está una nueva etapa en la que seguir compartiendo y construyendo la historia común de cada día hasta otro centenario, por lo menos. Para entonces serán otros quienes apresen los recuerdos y ojeen viejas páginas, conformando un nuevo relato sobre estos lugares de la Zaragoza amable y profunda.

 

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