Torneos y solenididades en la Zaragoza de los siglos XVl y XVll

tantes, celebrando con la misma pasión una corrida de toros que una ejecución, en una extraña mezcla en la que no se diferenciaba la tragedia de la muerte de lo lúdico y festivo.

 

Todo ello ocurría en la plaza del Mercado de Zaragoza, gracias a sus grandes dimensiones y abundantes casas con ventanas, además de su céntrica localización uniendo la vieja ciudad romana con la nueva Población, como se llamaba al actual barrio de San Pablo, enton­ces un nuevo y floreciente barrio en donde se habían instalado los artesanos. 

 

En muchas ocasiones los actos que se realizaban en la plaza del Mercado eran una suma de diversas muestras festivas, por lo que era normal que se comenzara el día con unas justas o torneos y por la tarde o la noche se realizara una corrida de toros, terminando con unos fuegos de artificio en la plaza o en la cercana ribera del río Ebro, con lo que muchas veces es difícil separar los actos organizados, ya que en la época formaban un conjunto que incluso podían durar varios días. 

 

En Zaragoza las corridas de toros , hasta la construc­ción del Coso de la Misericordia, se realizaban principalmente en dos amplios lugares: en la plaza del Mer­cado y en el Campo del Toro, terrenos en los que en el siglo Xll un tablado, ricamente adornado y con dosel, en el que veían la corrida los visitantes regios o el corregidor y otras auto­ridades públicas.

 

Si la corrida era en día festivo no extraordinario, el concejo tenía alquiladas varias venta­nas y balcones de las casas que daban a la plaza, para poder presenciar la corrida, o los actos taurinos programados, sin dificultades.

Las corridas se realizaban, por lo general, por la maña­na o al mediodía, razón por la cual la gente no se iba a su casa, organizándose en los alrededores de la plaza comidas y algún baile para amenizar la espera o seguir la fiesta después de la corrida. Comenzaban generalmente las corridas con toque de clarines y timbales.

 

La primera referencia conocida data del año 1377, estando organizada por la cofradía de San Jorge, por la que pagaron por lidiar un toro 22 sueldos y un par de zapatos  , acabando la corrida con una invitación a bebi­das refrescantes.

 

Otra modalidad con mucho arraigo entre la población, lo más seguro por su vistosidad, eran los toros de ronda o de fuego, que se corrían por la noche en la ribera del Ebro o en la plaza del Mercado. Una de las últimas organizadas antes de la realización de la nueva plaza de toros fue el 19 de octubre de 1723 cuando se corrieron los toros de ronda en la plaza.

 

Unos actos muy vistosos que alegraban las noches fes­tivas, como todavía ocurre en la actualidad, eran el lan­zamiento de cohetes. Se solían celebrar en la isla en­ frente al palacio arzobispal o en la plaza del Mercado, para pasar luego a la plaza de toros de la Misericordia. 

 

Otras fiestas que tenían lugar en la ciudad también servían para que las personas se reunieran en la plaza del Mercado y, normalmente, fueran invitadas a distintas pitanzas, como en 1783 cuando se montó un surtidor de "buen vino", o también cuando el gremio de los boteros invitaba a la gente que celebraba en la plaza alguna fiesta.

Una costumbre del barrio de San Pablo y del Portillo, bastante antigua, era la de "matar la vieja.

 

Era una fiesta religiosa con actos en el Santuario del Portillo, al que asistían en procesión el Cabildo Metropolitano, el Ayuntamiento y cofradías y hermandades de la ciudad, además de los chicos del Hospicio.

 

Cuando la procesión desembocaba en la plaza del Mercado, por el Arco de Toledo, se unían a ellos infinidad de chiquillos con palos, estacas u otros elementos contundentes, des­pués de salir de la iglesia de San Pablo iban dando golpes por las puertas de las casas, por lo que luego reci­bían su propina. La costumbre desaparece en 1868.

 

Parece que ésta data de un testamento otorgado en 1453 por Doña Gracia Lanaja (o Gracia Lavieja), mujer de Juan Berlanga, aunque puede no ser cierto.

 

También era una costumbre que la procesión del Corpus pasara siempre por la plaza del Mercado entran­do por la Puerta de Toledo, lugar donde se celebraban todos los actos importantes.

 

En la plaza se colocaban varios tablados, tanto para las reliquias que se llevaban en la procesión, como para sentarse las autoridades civiles y religiosas, caballeros, etc.

 

En el centro de la plaza estaba el tablado para los ministeriales, atabaleros, músicos, cantores y juglares. En las cuentas de los años 1471-1472 se recoge una partida para la limpieza y con­ reservación de la plaza.

 

Aprovechando las grandes dimensiones de la plaza, también se celebraban en ella representaciones teatrales y entremeses, como los del año 1459, con diversos actos realizados delante de la casa del Justicia de Aragón.

 

 

Sobre los cadalsos para ajusticiar a los condenados a muerte que se levantaban en la plaza, lo único que se puede decir es que en aquella época eran una fiesta más que se celebraba en la ciudad, salvo el ajusticiamiento del Justicia de Aragón Juan de Lanuza después de las alteraciones de Zaragoza de 1591, ajusticiamien­to al que se prohibió que acudieran los vecinos de la ciudad.

 

En los demás ajusticiamientos, la plaza se llenaba de gente vendiendo comida, músicos y danzantes, que esperaban con ansiedad el momento cumbre de la ejecución.

 

Otros de los festejos que también se celebraban en la plaza del mercado, acompañados de una gran parafer­nalia, eran las coronaciones de los reyes aragoneses, las cuales fueron recogidas en un libro escrito por Gerónimo de Blancas. La primera coronación que recoge es la Alfonso lll (1286), en la que hubo grandes fies­tas, pero en las fuentes que consultó Blancas no se especifican que tipo de fiestas se realizaron, pero que podemos adivinar al conocer las que se celebraron en las siguientes coronaciones reales. 

 

La siguiente coronación que recoge el cronista arago­nés es la del rey Alfonso IV (1328), en la que también hubo grandes fiestas, destacando las celebradas con la intervención de los señores de Gascuña y de Provenza, además de los embajadores de Castilla, Navarra, Bohemia y de los reyes moros de Granada y Tremecén, sus aliados, y toda la nobleza, clero, etc. de Valencia y Cataluña

 

Se juntaron en la fiesta preparada más de 30.000 hom­bres a caballo, al acudir muchos de los señores acompañados de sus vasallos y teniendo que acampar en las afueras de la ciudad.

 

Una de las comitivas que más llamó la atención a los zaragozanos fue la de los síndicos de Valencia, los cuales una vez afeitados y peinados (era Sábado Santo), salieron con atabales, dulzainas, menestrales y escuderos, en una comitiva que fue a la Aljafería desde La Seo, pasando por la plaza del Mercado, creando sensación por las músicas y vistosi­dad de sus ropajes.

 

La siguiente coronación que nos relata Gerónimo de Blancas es la de el rey Martín (1397- 1398). El nuevo Rey acudió a su coronación desde el palacio de la Aljafería hasta La Seo, lugar en el que eran coronados los reyes aragoneses, organizando para el traslado una amplia y llamativa comitiva. Abriendo la comitiva se organizaron diversos grupos bailando y danzando, que eran miembros de los oficios de la ciudad, todos ellos bien aderezados.

 

 

 

 

 

Detrás marchaban doce bordonadores y seis tablajeros, todos montados en muy buenos caba­llos con paramentos de sedas coloreadas con las armas reales y muchos leones de oro, que representaban a Zaragoza.

 

Los que iban a ser armados caballeros, ya que en todas las coronaciones reales se aprovechaba para armar nuevos caballeros, cabalgaban de dos en dos, aragone­ses y valencianos a la derecha y catalanes y mallorqui­nes a la izquierda, según la marcha de la comitiva, y delante un caballero que les llevaba la espada y espuelas, y detrás otro con el escudo, si era noble también llevaba otro caballero con el estandarte o banderas.

 

Detrás de los grupos citados marchaba Alonso de Aragón, marqués de Villena, que ese día recibió el títu­lo de duque de Gandía, en caballo vestido de terciope­lo carmesí, rodeado de varios caballeros y gentiles.

 

Tras él iba Antonio de Luna con la bandera Real, y el Maestre de la Orden de Montesa, fray Belenguer March (que delegó en fray Ramón del Jardín, Comendador Mayor), portando la bandera de San Jorge, marchando ambos delante del Rey.

 

De la Aljafería, lugar de partida de la comitiva, se pasó por el Portillo y por la calle de Predicadores para salir al mercado donde los bordonadores y tablajeros hicieron ante el rey su fiesta de tirar al tablado, para continuar luego la comitiva su recorrido hasta La Seo.

 

Para la oca­sión la plaza del Mercado estaba adornada con paños y tapices, blandones y hachas de cera y otras luminarias, que sumaban entre unas y otras de nueve a diez mil hachas, dando una iluminación extraordinaria al lugar.

 

Durante la coronación de Fernando l se celebraron tam­bién las Cortes de Aragón del año 1412. La ciudad se procuró que estuviera bien aderezada y abastecida. Dos justas se celebraron, una en la plaza del Mercado y otra en la Aljafería, con muchos y diversos caballeros que justaron durante varios días, siendo el principal mantenedor Juan Martínez de Luna, señor de illueca, con otros tres caballeros que le ayudaron. Duraron hasta el 10 de febrero, sábado, cuando comenzó la coronación.

 

 

Entre otros personajes importantes partición en las justas el infante Don Enrique, el duque de Gandía, el conde de Luna don Fadrique de Aragón y otros, además de venir moros de Medellín y de "Valencia del Cid".

La tabla del mercado estaba colocada en la Puerta de Toledo, en la que estaban situados los oficiales de la ciudad con juglares de cuerda, trompetas, órganos de mano, unos danzando y bailando y otros tañendo. Como curiosidad el cronista Blancas recoge que los judíos iban vestidos como cristianos danzando y bai­lando con cintas de plata ceñidas. También estaban los embajadores del rey moro de Granada, que causaron gran sensación con sus albornoces, capuces, aljubas, espadas jinetas de plata, trompetas, etc., dedicando gran parte del tiempo que estuvieron en la Aljafería a jugar a las cañas.

 

Las calles estaban guarnecidas con paños de sirgo y franceses, y el suelo lleno de verduras, en las ventanas "de los sobrados" dueñas y doncellas guarnecidas con vestidos de oro, sirgo y lana bordados de oro y cintas, y fírmales y cadenas de oro y plata y tocados, peñas de martas y veros y grises "muy afeitadas, que bien parecía, que se non afeitaron a lumbre de pajas". Después de la coronación hubo un vistoso desfile de carrozas que en nada envidian a las que podemos ver en la actualidad, cargadas con villas, gente de armas y casti­llos que combatían en las carrozas, creando el efecto de batalla.

 

Una de las carrozas estaba realizada con torres en las que iban doncellas, que representaban a las cua­tro virtudes: la Justicia con la espada, la Verdad con la balanza, la Paz con la paloma y la Misericordia con el cetro

 

Los actos que más se prodigaron y tenían mayor acep­tación entre la población eran la realización de justas y torneos, que iban siempre acompañados de una impre­sionante presentación y ocupaban a muchas personas de la ciudad, e incluso de sus alrededores.

 

Las justas y torneos  se organizaban desde el final de la Edad Media y en la Edad Moderna por el Capítulo de Caballeros de la Cofradía de San Jorge, cofradía que había sido creada en 1457 por el rey Alfonso V, y que desde sus orígenes obligaba a sus miembros a justar tres veces durante el año, y tornear a caballo otras tantas veces. Eran los torneos, en fin, una alternativa festi­va a la guerra que se había acabado muchos años antes.

 

Pero también existía una secular oposición de la Iglesia a los torneos, ya que consideraban que poten­cialmente eran una pérdida de caballeros aptos para combatir a los sarracenos, con los que todavía estaba enfrentada la Iglesia.

 

En Zaragoza 13 siempre hubo una gran afición a los tor­neos y justas, y como una prueba de ello se puede indicar que en la ciudad se imprimió por Jorge Cocci la primera edición del Amadís de Goula , uno de los pri­meros libros de caballería , o que en la apócrifa segunda parte del Quijote se relata la presencia del personaje en Zaragoza, donde cuenta la fiesta de la Sortija.

 

 

Ya se han citado algunos de los torneos y justas que se celebraron durante las coronaciones de los reyes ara­goneses, por lo que vamos a citar algunos de los más importantes celebrados durante la Edad Moderna, una época ya tardía para la celebración de dichos actos.

Uno de los más conocidos, al ser citado por el arquero Cock, es el celebrado el 28 de marzo de 1585 con un juego de cañas en la plaza del Mercado.

 

En el viaje de Felipe lll y la reina Margarita de Austria a Zaragoza en el año 1599 Juan Martínez fue el autor de la carta-relación de las fiestas celebradas para honrar la visita regia, entre las que se encontraba el desarrollo de un torneo. Para ello se hizo una montaña en la plaza del Mercado cubierta de figuras mitológicas, con siete cue­vas por donde entraban a caballo los caballeros que iban a participar, y de donde también salían muchos animales.Acabó con una fiesta de toros y una justa acuática en el Ebro.

 

Durante el año 1614 se celebró un nuevo torneo para celebrar la beatificación de santa Teresa, y otro en 1619 cuando se puso el estafermo. Igualmente se celebró un nuevo torneo en 1626 con motivo de la visita de Felipe IV a la ciudad.

 

Pero los más importante actos celebrados en Zara­goza fueron en honor de la emperatriz de Hungría que venía acompañada del rey Felipe IV y los infantes, celebrando para conmemorar su presencia diversos actos en la ciudad, entre ellos un gran torneo en la plaza del Mercado el 13 de enero de 1630, relatada por el cronista aragonés Bartolomé Leonardo de Argensola.

 

Distintas relaciones en prosa y verso se escribieron sobre el citado torneo, como recoge Alenda y Mira.

 

Una de las relaciones fue publicada en Madrid, en casa de Bernardino de Guzmán. De las prensas zaragozanas de Diego Latorre salen dos relaciones: una en prosa, escrita "de orden de la Señora Reina por un caballero de la Cámara del rey Nuestro Señor", publicada por Miguel Batista de Lanuza y otra en verso por el licencia­ do Juan Bautista Felices de Cáceres.

 

A ella se suma la citada de Bartolomé Leonardo de Argensola, que des­pués la editó el conde de la Viñaza .

 

 

El escrito de Bartolomé recoge las fiestas celebradas entre los días 8 y 14 de enero, para celebrar la estancia de los reyes en Zaragoza. Está escrito con buen lengua­ , claridad en las descripciones y gran exactitud, y en concreto recrea el torneo celebrado el día 13 de enero 20 •

En la relación vienen expuestas las condiciones del tor­neo, entre otras, que el caballero debía entrar armado a caballo y como un hombre de armas (con lanza, maza y espada de torneo), con un escudero a caballo que lle­vará la tarja de su empresa; sólo podían entrar en la plaza a caballo el caballero y su escudero, y no podía ir acompañado por más de ocho lacayos.

 

El combate que se iba a realizar iba a ser con lanza, maza y cuatro gol pes de espada.

 

La plaza del Mercado estaba poblada de tablados, tien­das, blasones, tapicerías, poetas, sastres, pintores, etc., que trabajaban en los actos preparatorios para que el espectáculo fuera brillante. La gente se acumuló para ver el extraordinario torneo hasta en los tejados de las casas de la plaza del Mercado, para cuya ocasión estaba adornada con dos grandes puertas: en la del norte estaban representadas las flechas del Dios del Amor y en la del sur los Rayos de Júpiter.

 

En un balcón dorado y azul en el oeste de la plaza, en la unión con la calle de las Armas, estaba el tablado para el Rey y su séquito. En otros balcones se apiñaba la corte, gentilhombres y patricios de la ciudad. Antes de comenzar el torneo salió un carro con la alegoría de Zaragoza: un león coronado.

 

Encargado de la fiesta fue Francisco de la Naja, medicinal de la ciudad, Pedro Luis de la Porta, Juan Hermenegildo de Herbas, lugarteniente por Su Majestad del Bayle General de Aragón , Antonio Francés (Maestre Racional), Diego Amigo Ouez de Encuentros), Alonso Marzilla, Lupercio de Contamina, Juan Luis de Sora, Miguel Batista de Lanuza (Regidor del Real Hospital de Gracia), Juan Francisco Torrero. Se eligieron doce com­batientes, un maestre de Campo y cuatro padrinos, dos para cada puerta.

 

La Reina llegó el 12 de enero al mediodía, acompañada del Rey. Se aderezó la plaza del Mercado "por donde antes corrían sus muros romanos" y que los separaba de la nueva ciudad (San Pablo) , que llaman La Población. Se eligió la plaza para el torneo por lo grande que era y ser de "altísimos edificios, llenos de ventanas".

 

El domingo 13 de enero, amaneció claro y con sol. Acudiendo sus majestades y sus altezas temprano a la plaza. Junto al Rey se sentó Ramiro Felipe de Guzmán, señor de la Casa de Guzmán, duque de Medina de las Torres, marqués de Eliche y de Toral, Sumiller de Corps de S. M., y Diego López de Aso "su gentilhombre de la Cámara", que hacía el oficio de primer Caballerizo (por

ausencia del Conde-Duque).

 

 

También asistió el conde de Barajas, Mayordomo de S. M., y la condesa de Siruela, Victoria Colona, que era Camarera Mayor de la Reina, sus damas y meninas.

Al otro lado de la plaza en cuatro casas, estaba el carde­nal Gil de Albornoz, Diego de Guzmán, arzobispo de Sevilla, aunque ya hemos indicado que la Iglesia no apro­baba los torneos, no por ello dejaban de asistir a los mis­mos, y Alfonso Pérez de Guzmán, Patriarca de las Indias. Los gentiles hombres de la Cámara más cerca de las per­sonas reales. También pajes reales y otros criados.

 

Debajo del balcón real, "en un tablado autorizado", estaba el Gobernador de Aragón, a su derecha Diego Martel jurado segundo, que presidía el torneo, y a su lado el zalmedina Francisco la Naja, señor de Pradilla, junto a él estaban Jusepe Cerdán, Diego Pérez, Martín Tomás de Lanuza, jurados tercero, cuarto y quinto. Al otro lado los consejeros de las dos reales Audiencias, civil y criminal.

 

Enfrente a la ventana de los reyes, ocuparon las rejas de la cárcel de la Manifestación el Justicia de Aragón, Lucas Pérez Manrique y sus lugartenientes, los diputa­dos Pedro Apaulaza, arzobispo de Albarracín, Gaspar Monterde, caballero del hábito de San Juan, Alonso Fernández de Híjar, Martín de Foces, Dincencio Ximénez Samper, y muchas más personas de la nobleza.

Se realizó un cartel anunciador del torneo, siendo La Fama quien lo presenta.

 

El torneo se dividió en dos grupos de combatientes "los unos, a honor de los Rayos de Júpiter y los otros al de las Saetas y del Arco de Amor, para averiguar cual Deidad tiene mayor imperio, Júpiter o Cupido", que se correspondían con las dos puertas levantadas.

 

En una "puerta de la Estacada" apareció el Águila, enci­ma de un roble, con sus rayos, con éste mote: Vencedoras invencibles Vibra júpiter sus Iras

 

En la otra puerta "entorno de Diosas y de Ninfas, sobre un alegre Mirto, ostenta la paloma de Venus",colgando de sus uñas el arco y las flechas del amor con el siguiente mote: Ruando Pudieron los Rayos Delove, lo que estas Flechas?

 

 

Las condiciones establecidas para el torneo eran claras. Cada combatiente entraba a la plaza montado a caballo, armado a fuero de hombre de armas, con la lanza, maza, espada (o espadas) de torneo, y llevando la tarjeta de su empresa (el escudo) un escudero a caballo. Además debía entrar con "invención", que no era otra cosa que un gran carro adornado con los más inusuales e increíbles adornos, y demostración de apa­ rato, que también consistía en llevar un gran número de personas ricamente vestidos. Sólo entran su caballo y el de su escudero y ocho pajes.

No podrá ganar el premio quien perdiese la lanza, la maza o la espada, ni el que en el combate quedase desarmado, o perdiese alguna pieza del arnés que le impida 


el poder combatir otra vez sin peligro, o si hiriese con la lanza, la maza o la espada el caballo del contrario 2s.

 

Los precios (premios) generales eran los siguientes: Para el mejor hombre de armas.

 

Para la mejor lanza.

 

Para el mejor golpe de maza. Para el mejor golpe de espada. Para la mejor empresa y letra.

 

Para la mejor invención.

 

Se entraba en la estacada por dos puertas altísimas y de perfecta arquitectura. Una miraba al mediodía y en lo alto los rayos de Júpiter; la otra, al septentrión, con el arco y las flechas de Eros.

 

En la mitad de la plaza se fabricó un balcón dorado y azul, para las cuatro per­sonas reales, y un corredor al mismo suelo que cerra­ba la calle de las Armas, por cuya calle se subía a las gradas reales.

 

La vistosidad de los actos que se iban a celebrar. Había gente hasta en los tejados y en la estacada, teniendo Martín de Alagón, conde Sástago, que desalojarlos con las guardas reales, la alemana y la española.

 

Al conde le servían 24 lacayos, vestidos de raso pardo, guarnecido de plata, espadas y dagas plateadas.

 

Por la puerta de Júpiter entraron gran número de chirimías, trompetas y atabales, "con vaqueros carmesíes", guarnecidos y realzados de lata; otros con vaqueros ver­des y pasamanos de oro, acompañando un carro triunfal "que al parecer andaba con propio conocimiento", de 30 palmos de largo y 20 de ancho y 25 de alto, con un trono en la popa de 12 palmos, viniendo sentada Zaragoza,vestida de oro y plata, con sus armas: un león coronado.

 

Luego leyó Zaragoza al Rey un escrito que portaba.

 

 

El rey nombró por jueces para el torneo al conde de Franquenburg, embajador del Emperador, y a Diego Mejía, marqués de Leganés, y a Fernando de Borja, Comendador Mayor. Dio comienzo el torneo con la entrada en el tablado del conde de Aranda, vestido de raso azul bordado de oro y sombrero con muchas plu­mas con diamantes. Le precedían 50 lacayos vestidos de lama de plata azul.

Por la puerta de Júpiter entró Alonso de Villalpando, que era padrino, acompañado de ocho lacayos. El otro padrino, Gerónimo de Vera y Deza, entró por la puerta del Amor, con otros ocho lacayos. Todos, después de reverenciar a S. M., dieron una vuelta a la estacada y fueron a su sitio: Villalpando a la puerta de Júpiter y Vera a la de Cupido.

 

Entró el primer combatiente 21, Lope de Francia y Espés, señor de Bureta, que llevaba sobre la celada un león de plumas carmesíes y blancas, seguido de su paje que portaba el escudo (un león de oro en campo rojo) y ocho lacayos.

 

 

Por la puerta de cupido entró Juan Fernández de Heredia ª, conde de Fuentes, precedido de su inven­ción : entre gran multitud de salvajes, un carro de oro, sobre cuya popa se levantaba un sol de oro con rayos, que giraba, con gitanos bailando sobre el carro (luego de presentar las armas a los jueces se retiró a su puerta).

Seguidamente, también por la puerta de Júpiter, entró un carro tirado por cuatro elefantes con seis salvajes cubiertos de yedra. En lo alto del carro había una pirá­mide que arrojaba agua por cada una de sus esquinas, desde una alcachofa grande, que al llegar junto al Rey se abrió y salieron gran cantidad de pájaros y una ninfa, que representaba a Europa. Seguía al carro su inventor, Alonso Celdrán de Bolea y Castro, señor de Sobradiel.

 

 

Por la otra puerta entró Diego de Contamina, rica­mente vestido con armas azules sembradas de estrellas de plata y sus escuderos portando su escudo: una mano que procuraba asir una palma. Su carro o inven­ción, de los mismos colores azul y plata, llevaba una corona imperial y un sol y en el centro un águila coronada; debajo el globo del mundo , que por un lado salía el rey de Hungría y por el otro su esposa, en alusión a la anfitriona de la fiesta.

 

Desde la puerta de Júpiter entro una invención con un monte pintado de verde y azul cubierto con tomillos y romeros, que al llegar a la altura del Rey se abrió en cuatro, saliendo de su interior conejos y liebres en can­tidad, perseguidos por perros, apareciendo en el centro del monte Juan Fernández de Heredia, señor de Cetina, armado de todas las piezas, con faldón de raso leonado; el penacho de su celada estaba adornado con el dios del amor (con cifras que eran el nombre de su amada, que también estaban en las ropas del caballo), seguido de ocho lacayos en cuyos pasamanos de plata se formaba la figura de unos dados.

 

 

De nuevo por la puerta de Cupido ° entró un carro tirado por cuatro caballos, con un monte en cuya cima estaba Felipe El Hermoso , y un verso. Del monte salía un cedro con muchos pájaros en sus ramas. Llegado delante del Rey se abrió el árbol, dentro del cual venía la Fama en un trono y a sus pies un caballo, además de un cielo y dos soles (uno representaba a Alemania con rayos macilentos, el otro a España con rayos vivos). Su dueño era Raimundo Gómez de Mendoza, acompañado de menes triles y otros instrumentos.

Ferrer de Lanuza, conde de Plasencia, entró por la puer­ta de Júpiter a caballo con ocho lacayos. Su invención era un carro con dragones infernales que arrojaban fuego, y entre las llamas las tres furias, con túnicas verdinegras, ceñida su greña por una sierpe.

 

Por la puerta de Cupido entró Manuel Belvis, caballero de Santiago, hijo del marqués de Benavides, seguido de su invención: un carro adornado de yedra y laurel y en los asientos doce héroes romanos, vestidos de las cotas con que suelen pintarlos en aquella época, coro dos de laurel, con trompetas y menestriles, tirada toda la invención por seis caballos.

 

Por Júpiter entra Gabriel Leonardo de Albión• Justo Pérez de Pomar, Torres de Mendoza, señor de la baronía de Sigués, entró por la puerta de Cupido • También por Cupido entró Manuel Abarca de Bolea, con una celada que representaba la figura de un gusano de seda,

 

Dio comienza el torneo, celebrándose los siguientes combates:

 

Lope de Francia - conde de Fuentes.

 

Alonso Celdrán - Diego de Contamina (ganador).

 

Conde de Plasencia - Lope de Francia (no se presentó), lo hizo Manuel Belvis.

 

Gabriel Leonardo de Albión - Justo de Torres (ganador), aunque le tocaba al marqués de Torres, pero estaba ausente.

Manuel Belvis - señor de Cetina (ganador).

 

Luego se realizó el reparto de los guerreros para la Folla, o lucha en grupo, excusados Lope de Francia, Manuel Belvis, Gabriel Leonardo. Cuatro guerreros a cada lado.

 

En 'Júpiter estaban: conde de Plasencia, señor de Cetina, Alonso Celarán, Manuel Bolea.

 

En Cupido estaban: conde de Fuentes, Manuel Bolea, Diego de Contamina y Alonso Celdrán y Raimundo Gómez.

 

Después del combate acaba la fiesta y se van todos con los reyes a comeos. Luego se entregan los premios, que correspondieron a los siguientes caballeros:

 

 

Juan Fernández de Heredia, conde de Fuentes, mejor lanza.

Manuel Belvis, más galán.

 

Gabriel Leonardo de Albión, mejor letra.

 

Justo de Torres y Mendoza, mejor hombre de armas. Juan de Heredia, señor de Cetina, mejor golpe de maza. Ferrer de Lanuza, mejores heridas de espada.

 

Lope de Francia y Espés, mejor invención.

 

Diego Contamina, mejor combatiente en la Folla.

 

En la edición de Madrid pone escrito a mano en la porta da que fue el último torneo celebrado en España, pero resulta falso. En Zaragoza en 1631 se celebraron las Carnestolendas con torneos a pie y a caballo, y en 1638

 

Andrés de Uztarroz cuenta la justa que en el Coso zara­gozano mantuvo Raymundo Gómez. En 1645 por el jura­mento de los Fueros por el Príncipe Baltasar Carlos También en 1656 se realizan justas el día de San Jorge, siendo el mantenedor Joseph de Bardaxí, corriéndose el día 29 de mayo cuatro lanzas cuyos premios eran fuentes de plata y espejos cristalinos. en 1658, con ocasión del nacimiento del príncipe Felipe Próspero, se celebró otro torneo, en 1669 por la entrada de Don Juan de Austria; 1677 por la entrada de Carlos 11 y la jura de los Fueros.

 

Duraron hasta mediados del siglo XVII, cuando decaen como demostraciones de una época pasada, como dice M.ª Carmen Martín "Cuando la caballería parecía que era ya cosa de locos, en el Coso zaragozano o en la plaza del Mercado revivía con todo su esplendor y seguía sien­ do una forma de cultura y de comunicación".

 

 

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