LA INVENCIÓN DEL MERCADO

 

 

 

 

La noticia nos viene de fuera: acaban de abrir en Nueva York, en un

lateral de la más popular estación ferroviaria de la ciudad, la Grand Central

Terminal, en pleno centro, un European Style Food Market, o sea un amplio

mercado de alimentación a la europea anunciado en el exterior con profusión

de banderas al viento.

Allí, en cada puesto, un vendedor con impoluto mandil detrás de las vitrinas de sus mercancías, espera a que las clientas le pidan cuarto y mitad (¿cómo se dirá en inglés?) de costillas de ternasco (¿cómo se dirá en inglés?) bien pesadas.

Resulta que en nuestros años 60 aparecieron los supermercados, seguidos de los hiper, sus asépticas mercancías envueltas en trasparentes celofanes: con un lazo de color rosa hubieran valido para un regalo. Y entonces el comercio detallista de toda la vida se echó a temblar, temiendo por su futuro. Pero ya se ve que no, que son ellos los que tienen que temblar.

Más vale olvidarnos de cuando en nuestra adolescencia se decía como una gracia (¡!) que dentro de unos años todos nos alimentaríamos con un par de píldoras diarias y a correr. Y aún creíamos que era una ventaja del progreso (sobre todo las amas de casa, explicable en tiempos del estraperlo), cuando el gozo de comer (y hasta de comprar) es uno de los pocos sin mácula (o solamente con la mácula del engorde) del parvo archivo de placeres del humano.

¿Y no se convertirán los neoyorquinos a la compra personal e individualizada cuando pongan un mercado al “european style”en cada barrio? : el de Harlem servido por blancos para que vean que en el mercado se acaban las diferencias raciales: la antorcha de la estatua de la libertad tiene un filtro especial para iluminar sobre todo blancuras.

En ese nuevo mercado los clientes gozarán de visiones ya olvidadas, como las de la esbelta lubina con bamboleos de adolescente de ombligo al aire, en la que el “piercing” de moda fuera el anzuelo. Las fruterías con un

lema: MANZANA SANA IN CORPORE SANO, que a los neoyorquinos, que se creen que hablan inglés pero sólo es americano, les sonará a francés o italiano, quedando el español para los taxistas.

La noticia ha llegado de fuera: en Nueva York, en la esquina de Lexington avenue con la calle 43, han inventado nuestro mercado de Lanuza o Central. Nada menos. El futuro fue ayer.

JULIÁN RUIZ MARÍN