Un detallista del Mercado, sea municipal o privado, es un sumo sacerdote

 

 

 

Junto con sus compañeros oficia cada mañana con todos los rituales que preceden y santifican el habituallamiento.

Los vendedores son cordiales, joviales, cargan las pilas a los clientes que buscan y encuentran

afecto y alegría, reconocimiento, ser alguien por lo menos para su pescatero. Las vendedoras te llaman “cariño” y te preguntan por el reuma o por el nieto.

El puesto es un confesionario. La venta al detalle personaliza la mercancía, las verduleras convierten a la manzana en no prohibida, palpan mil veces el melón y te preparan unos melocotones con pelusica. El frutero te protege: “No te recomiendo esas fresas, están pachuchas, mañana tendré otras mejores”. Son sacerdotes de la salud. Somos lo que comemos.

Los carniceros ya no matan, pero reconstruyen el ritual sagrado del sacrificio en el mostrador, la ofrenda en el altar. Hacen de intermediario entre Dios el animal y el cliente, individualizando la ofrenda “Le he guardado dos cabecicas de primera” ”Este ternasco lo sacrificaron anoche”.

La pescatera te limpia los calamares y te prepara la merluza, bautiza al pescado y lo convierte en pez. Hay un acto personal, intimo e insustituible entre los vendedores, el pescado y el comprador.

Todos los de los puestos son sacerdotes, les gusta vender, les gusta el comercio, les gusta relacionarse y cada mañana ofician en su mostrador. El cliente y vecino compra callos pero se lleva la alegría puesta. “Ponme cuarto y mitad de catarsis del día que hoy estoy depre”