EL MERCADO CENTRAL, EN SIETE FOTOS INÉDITAS




Uno de los lugares emblemáticos de Zaragoza desde el siglo XIII era lo que hoy conocemos como plaza del Mercado: antes fue plaza de Lanuza. Era el teatro de justas y torneos, de juegos y ejercicios caballerescos, el escenario de entremeses, de capillas ardientes y de los autos de fe en tiempos de la Inquisición. Allí, con la impresión de haber sido traicionado, subió al cadalso en diciembre de 1591 Juan de Lanuza El Mozo. 

Muchos años después, cuando la ciudad soñaba con la modernidad finisecular, el alcalde Candalija concibió el magno plan de edificar un nuevo mercado, lo que hoy conocemos como Mercado Central. El proyecto no fue fácil: había que reunir mucho dinero para expropiar terrenos y contentar a un extenso puñado de vendedores que levantaba sus carpas en los alrededores y pagaba un modesto alquiler al municipio. 




El arquitecto elegido era todo un maestro: Félix Jacinto Navarro Pérez (1849-1911), una primera figura que había estudiado en Alemania, Estados Unidos (en concreto en Boston), París y Madrid, donde colaboró activamente en el Museo y la Biblioteca Naciona

El espacio, con todo, parecía ideal: tenía buenas condiciones de pavimentado, estaba en un lugar céntrico y contemplaba el paso del tranvía número 7. Candalija se la jugó, a pesar de las protestas, del increíble tira y afloja con los propietarios de los pisos y los vendedores.

 Y así un edificio de estructura racional, pero tremendamente moderno y audaz en su concepción, que iba a costar en torno a 800.000 pesetas, acabó costando casi cuatro.



Félix Navarro practicaba una arquitectura ecléctica, que aunaba el racionalismo con el modernismo y visiones posmodernas. La sociedad que se constituyó en julio de 1900 para coordinar el proyecto estaba regida por el abogado Felipe José Guillén. Las obras, superadas las dificultades y desencuentros, se iniciaron el ocho de enero de 1902 y se concluyeron un año y medio después. En ese tiempo, se vivieron toda suerte de situaciones: el derribo de dos filas de casas y el uso controlado de pólvora, y también la mudanza del nombre de varias calles y la leve alteración del plano de Zaragoza.



Cientos de braceros parecían hormigas en el hueco de las cimentaciones y en los agujeros que habían dejado los explosiones. Hace poco, llegaron a las manos de Chema Turmo –comisario del centenario del Mercado Central, que se celebra el año que viene- siete instantáneas de gran valor documental. Reflejan el sacrificio que hubo de hacer Zaragoza en diversos momentos: cuando empezaron las demoliciones y se abrieron boquetes y zanjas en la tierra que guardaba las huellas del antepasado romano, y dejan al aire los restos de la murallas de contención, el vientre de las casas.



 Zaragoza parecía una urbe que hubiera sufrido un bombardero: una ciudad en ruinas, desconchada, quebrada en su corazón de tierra. Eso fue en 1902. Y poco a poco, en 1903, asoman las primeras estructuras, ese hermoso amasijo de hierro y cristal, de columnas esbeltas, las filigranas de los laterales y las fachadas, la armoniosa distribución de espacios. Félix Navarro, entusiasmado con este nuevo proyecto (había hecho algunos edificios maravillosos y realizó, después, otros imprescindibles aquí), solía pasear entre los obreros para verificar el curso de la construcción que llevaba el contratista J. Valero, como se ve en una de las fotos. Navarro podría ser ese caballero de abrigo que conversa con un operario en un lateral.



Estas fotos, memoria de un tiempo ido, desorden y creación, episodio colectivo y lejano que regresa desde el nitrato de plata, constatan la historia nuestros antepasados. Y muestran sobre todo la inquietud y los afanes de muchos zaragozanos que, como ahora en el Paseo de Independencia, asistían con estupor y con asombro, y quizá con ilusión, a la erección de un edificio esencial, laberinto del comercio y paraíso de los gremios.