Memoria contra olvido, movimiento ciudadano versus especulación


Corresponde este trabajo a una “línea de investigación” presentada por el autor para la obtención del Diploma en Estudios Avanzados de Sociología, en el Departamento de Psicología y Sociología de la Facultad de Económicas de la Universidad de Zaragoza.

Autor : Ricardo Berdie (Lérida, 1949). Político y escritor. Está casado con Mercedes Gallizo . Licenciado en Historia por la Universidad de Zaragoza, ha ejercido como profesor de E.G.B. durante diez años. Militante del Movimiento Comunista  y miembro activo del movimiento ciudadano desde comienzos de la década de los 70, fue fundador y presidente de la Asociación de Vecinos de San José y presidente de la Federación de Asociaciones de Barrios de Zaragoza (FABZ) . Su visión respecto a los movimientos vecinales quedó recogida en el libro Poder ciudadano y democracia municipal (1977). Desde 1987 es concejal del Ayuntamiento de Zaragoza, como representante de CAA-IU  hasta las elecciones de 1999, en que, como miembro de N.I.A., se integró en las listas del PSOE; durante estos años se ha ocupado, especialmente, de los asuntos relacionados con urbanismo.

Reveló su faceta de escritor al recibir el Premio del Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza 1984; desde entonces ha publicado dos libros de relatos —La sensata locura de los nómadas (Egido, 1997), El laberinto y otros relatos (Prames, 2002)— y la novela En el delirio de mis sueños (Prames, 1999), por la que recibió el Premio Ciudad de Barbastro.


Encuentro de la Asociación Detallistas Mercado Central con Ricardo Berdie  como  motivo "el Centenario"


Memoria contra olvido, movimiento ciudadano versus especulación


Corresponde este trabajo a una “línea de investigación” presentada por el autor para la obtención del Diploma en Estudios Avanzados de Sociología, en el Departamento de Psicología y Sociología de la Facultad de Económicas de la Universidad de Zaragoza.

 

El presente trabajo pretende profundizar en la historia del Mercado Central de Zaragoza, o para ser más precisos, en una parte de la historia social de ese corazón de la ciudad que un día de principios del siglo XX añadió a su función social una nueva característica: ese armazón metálico, heredero de la arquitectura modernista, que se convirtió en arquitectura simbólica, y fundió la antigua y larga función social del mercado con la historia del arte y de los monumentos que en las ciudades contribuyen a crear memoria.

Pero en la historia del Mercado Central de la Zaragoza del siglo XX hay un momento en que empieza a germinar la idea de derribar dicho mercado: una idea que va tomando forma desde poco ante de mediados de siglo y que se presenta como inmediata ante la ciudad a comienzos de la década de los 70.

La investigación trata de ahondar en una cuestión específica: ¿Por qué el Mercado Central no se derribó y los proyectos urbanísticos que se pretendían no siguieron adelante? ¿Qué factores, razones y movimientos sociales influyeron, y cómo, en variar el destino del Mercado Central? ¿Su mantenimiento, fue fruto del devenir lineal de la historia de Zaragoza o, por el contrario, unos intereses se impusieron a otros?

En definitiva, esta línea de investigación intenta acercarse a los elementos decisivos que hicieron que ese espacio urbano se mantuviera tal como en la actualidad lo conocemos; trata de analizar el papel que jugaron los diferentes grupos sociales urbanos; persigue averiguar si la memoria, además de otros factores económicos y políticos, es en ocasiones un factor de conformación del espacio social urbano y un factor lo suficientemente potente como para determinar sus funciones, su estética y, a la postre, su realidad.

En suma, ¿por qué ese espacio central de la ciudad es hoy como es y qué relación tiene ello con esa difusa y desconocida corriente sentimental popular, impregnada frecuentemente de argumentos racionales, que a veces determina el alma espacial de las ciudades?

Como ésta no es una investigación puramente histórica, sino sociológica, también trato de saber que queda hoy, en la memoria, de aquella época en la que se dilucidaba el futuro de ese espacio central de la ciudad.

En la memoria de sus más cercanos actores, de sus descendientes, de quienes hoy continúan allí, transformándose con la ciudad, pero recordando que de vez en cuando las ciudades se rebelan ante situaciones en la que se pretende borrar una parte de su historia más genuina como suelen ser determinados espacios públicos urbanos.

Para tal objetivo he recurrido fundamentalmente a dos herramientas de trabajo: el análisis de textos de la época, básicamente periodísticos, y cinco entrevistas en profundidad (de un total de tiempo de unas seis horas) efectuadas a antiguos detallistas: José Luis López, Angel Sánchez, Félix, Pepe Maqueda y Pocholo, además de la colaboración prestada por la actual Asociación de Detallistas del mercado, especialmente Valentín Cantalapiedra y Juan Carlos Fernández, coordinador y vicepresidente respectivamente, y su archivo documental. Naturalmente he utilizado alguna bibliografía que menciono en el trabajo.

Una vez finalizada la línea de investigación, bien puede adelantarse que el actual Mercado Central, en ese período en que se centra el estudio, atravesó por una situación paradójica, pues a pesar de existir físicamente como tal en un entorno determinado, se asentaba la idea de su desaparición y se produjo un movimiento social que contribuyó a “construir de nuevo el espacio urbano”, esto es, sin producirse destrucción del espacio existente para transformarlo en un espacio totalmente diferente en cuanto a usos y relaciones sociales, la tensión en torno a ese espacio fue tan grande, tan al límite, que al intentar preservar ese espacio en realidad se estaba “construyendo de nuevo”, repitiéndolo, por lo que bien puede anticiparse que el Mercado Central de Zaragoza (arquitectónicamente) se creó, en sus condiciones actuales, en dos épocas: en el momento de su construcción a principios del siglo XX y cuando se consiguió su mantenimiento definitivo en los comienzos del último cuarto de ese mismo siglo. Su condición de espacio social central de la ciudad ha sido mucho más larga: ocho siglos.


ALGO DE HISTORIA


Como todas las ciudades medievales Zaragoza tuvo un mercado principal que se ubicó, primeramente, en el entorno de la Puerta Cinegia, lo que hoy es la fachada del popular Tubo zaragozano. En 1210, Pedro II dispone su traslado a la Puerta de Toledo, lugar donde actualmente se ubica el moderno Mercado Central. Como dice Tomás Ximénez de Embún y Vall1: “La historia del Mercado Central llena una buena parte de la historia de la ciudad.

A virtud de privilegio concedido el 16 de octubre de 1210 por el rey Pedro II, se trasladó al lugar, en que de presente persevera, el Mercado, que anteriormente estaba junto a la puerta Cineja: con este motivo se instalaron en aquel espacio el almudí de los panes, el alfolí para la venta de sal, y desde 1330 la tabla para la cobranza de los derechos reales.

Zaragoza 1563
Zaragoza 1563

El privilegio de Pedro II fue confirmado el 5 de abril de 1218 por Jaime I. … En él se verificaban las justas, torneos, corridas de toros, juegos de cañas, estafermos, sortijas y demás ejercicios caballerescos: lo mismo sucedía con los alardes de los gremios, descanso de las procesiones, representación de entremeses y otros espectáculos semejantes. Solían también llevarse a cabo en aquel lugar, las ejecuciones de justicia y los autos de Fe. … De las algazaras de los estudiantes, de los motines de las vendedoras y otros casos menores no hay para qué ocuparnos; sería nunca concluir.”

Efectivamente, desde sus orígenes en esa ubicación, Plaza del Mercado primero y Plaza de Lanuza después, ese espacio urbano llenó una buena parte de la historia de la ciudad.

En torno a él creció y se desarrolló el barrio de San Pablo, en donde se establecieron dos de las más importantes industrias zaragozanas en época medieval: la de tejidos, en la calle Hilarza (hoy Casta Alvarez) y la de armamento, en la de las Armas, las cuáles contribuyeron a mantener la actividad de la zona.

Ya en 1332 hay un intento de cambiar la ubicación del mercado principal y establecerlo en el solar situado ante el Pilar, pero la idea fracasa y Jaime II devuelve el mercado a su emplazamiento habitual2. Es indiscutible la trascendencia que tuvo el traslado de la principal actividad comercial a la zona de la Puerta de Toledo, siendo una de las reformas que mayor importancia tuvo para el desarrollo urbano zaragozano3 y para la vida de la ciudad4.

Zaragoza 1563
Zaragoza 1563

Todos los autores consultados coinciden en destacar que en la Plaza del Mercado se dieron importantes eventos cotidianos durante muchos siglos, sucesos que constituían verdaderos actos sociales y populares en los que Zaragoza presentaba -como afirma Guillermo Fatás- su pálpito más vivo.

A principios del siglo XX, en 1901, la Sociedad Anónima Nuevo Mercado de Zaragoza inicia los trámites para abordar la construcción de un nuevo mercado, cubierto, en el mismo sitio en el que llevaba existiendo al aire libre desde hacía siglos. Se encarga el proyecto al arquitecto D. Félix Navarro Pérez y se comienza su construcción a principios del año 1902, finalizándose al año siguiente y siendo inaugurado el 24 de junio de 1903. Su capacidad era para 185 puestos. Muy pronto, por dificultades económicas y de todo tipo de la Sociedad Anónima, el Mercado Central fue adquirido por el Ayuntamiento por cuatro millones de pesetas.

Puerta de Toledo
Puerta de Toledo

La idea de construir un mercado moderno en el mismo lugar donde esa función social se venía realizando desde hacía siglos era una idea que había ido calando en la Zaragoza de principios del siglo XX.

Así lo destacaba Heraldo de Aragón en su portada número 2.406 el miércoles 24 de junio de 1903: “El deseo de la ciudad entera de tener un mercado decoroso, se ha realizado

Esto ha sido aquí, la obra de todos, empresa genuinamente popular; pues quien no ha suscrito acciones ha contribuído como elemento, al modo de gota de agua en una oleada, al movimiento de opinión que todo lo ha vencido.”  

Sesenta años después, en la época del desarrollismo español, ese latir especial que en circunstancias determinadas se gesta en las ciudades, volvió a producirse en Zaragoza; y otra vez, al modo de gota de agua en una oleada, se produjo un movimiento de opinión que lo venció todo, en esa ocasión venció a la pretendida acción contraria de las autoridades y algunos grupos de presión: derribar el Mercado Central que se había inaugurado el 1903.


DOS MODELOS URBANÍSTICOS, DOS MODELOS SOCIALES


Aunque la gran polémica ciudadana por el intento de derribo del Mercado Central se produce a comienzos de la década de los 70, lo cierto es que ya desde mucho antes se había comenzado a hablar, y a planificar, desde esa perspectiva urbanística.

Ya en 1909 se empieza a hablar en el Ayuntamiento de Zaragoza de la posibilidad de prolongar el Paseo de la Independencia.

El arquitecto municipal Ricardo Magdalena preparó incluso un pliego de condiciones para un concurso público del proyecto que debería abrir el paseo hasta la Plaza del Pilar.

El concurso queda desierto y en la década de los años treinta se empiezan a presentar estudios con el mismo objeto; en 1952 el Ayuntamiento ordena la redacción del proyecto definitivo de la prolongación del paseo.

También en esos años, en el anteproyecto de ordenación General de Zaragoza de 1943, la Vía Imperial aparece en su fachada al río.

Y aunque en el Plan de Reforma Interior de Regino Borobio (1934) se respeta el Mercado Central a pesar de que se buscan soluciones para abrir vías hasta el Ebro, en el Plan General de ordenación Urbana de Yarza (1957), además de recogerse la prolongación del Paseo de Independencia, se plantea, entre otras cuestiones, el derribo de las manzanas entre las calles Escuelas Pías y Cerdán, así como abiertamente la desaparición del Mercado Central. Posteriormente, en el Plan General de Larrodera (1968), se descarta definitivamente la 

1861-1969. Cien Años de Propuestas
1861-1969. Cien Años de Propuestas

prolongación del Paseo de la Independencia, aunque no la Vía Imperial. 

Esta brevísima secuencia de propuestas urbanísticas que recorrió toda la primera mitad de siglo ilustra el criterio de la época: La idea de que era necesario penetrar la ciudad antigua desde el Ensanche de la Zaragoza moderna abriendo una vía directa hasta el Ebro para recoger el tráfico y para proceder a medidas higiénico-sanitarias sobre viviendas en mal estado.

Ya se empieza a barajar entonces la idea del derribo del Mercado Central, que posteriormente, en la década de los 70 y abandonado ya el proyecto de prolongar el Paseo de Independencia, se convierte en la propuesta de la Vía Imperial que llegaría desde la Puerta del Carmen hasta el Ebro.

Aunque en el recuerdo ciudadano el peligro del derribo del mercado se empieza a hacer patente a principios de los 70, lo cierto es que en la memoria de los más directamente afectados, los detallistas del Mercado Central, ya aparece la fecha de los años cincuenta como un borroso antecedente histórico.

Así lo relata José Luis López (que fue vicepresidente de la Asociación de Detallistas en los años 70) en la entrevista realizada para esta investigación: “Creo, si mal no recuerdo, que en 1957 ya se mandó un escrito al Ayuntamiento. Se quiso comprar el Cuartel del Carmen, junto al Teatro Fleta, para trasladar el mercado. Pero parece ser que se desechó porque era pequeño. No sé quien dio los primeros pasos.

En el 57 yo ya tenía 22 anos. Ya me movía. A partir de ahí empezó la preocupación.”

 

Pero es efectivamente con la aprobación del Plan General de 1968 cuando el peligro de derribo se explicita claramente. En dicho Plan General se propone la construcción de la Vía Imperial a través del desarrollo de tres planes que en su conjunto abrían toda la Vía Imperial: El Plan Especial de San Ildefonso, el Plan Parcial del Polígono 3 y el Plan Especial de la Vía Imperial. Éste ultimo era el que con su desarrollo iba a afectar al tramo entre Conde Aranda y el Ebro, y por tanto al propio Mercado Central.

Don Lazaro Soler Presidente Asociación Detallistas
Don Lazaro Soler Presidente Asociación Detallistas

 

La voz de alarma surge inmediatamente. En un primer momento desde los propios afectados.

Así, en el Heraldo de Aragón de 28 de junio de 1968, bajo un titular que decía: En defensa del Mercado Central, y un subtitular que especificaba que la Asociación de Detallistas agrupaba ya a 237 vendedores, Lázaro Soler (presidente de la Asociación de Detallistas y a quien todos los entrevistados recuerdan como el alma de todas las gestiones para salvar el mercado) dice en una entrevista: “La desaparición del Mercado afecta a un millar de comerciantes”.

Como se puede ver se vincula ya el derribo del mercado a un problema social más complejo, a la relación del mismo con el conjunto del comercio del barrio de San Pablo y, especialmente, con quienes habitan en la manzana comprendida en las calles Escuelas Pías y Cerdán, manzana que era la antesala del propio Mercado Central, también en peligro y que al final se derribaría.

En esa manzana de la que hablamos se crea también una asociación de propietarios y vecinos, a la que se unen 40 ó 50 comerciantes afectados. Lázaro Soler envía una carta a la mencionada asociación: “Nuestros problemas guardan una íntima relación -les dice-.

El problema escapa a una simple consideración cuantitativa”. (Veremos más adelante cómo pronto, entre ambas asociaciones, surgen diferencias).  

Muestran las palabras de Soler una clara percepción de que el problema no es solamente un asunto cuantitativo sino cualitativo, en el sentido de que el fenómeno que . 

representa el mercado y la zona tiene elementos que van más allá del mero número de vendedores o comerciantes afectados; por eso, no es de extrañar que cuando a José Luis López se le pregunta por las personas que hicieron cosas a favor del mantenimiento del mercado, responda con nombres propios y entidades de la más diversa índole: “El doctor Femando Solsona, Sebastián Contín, Guillermo Fatás, Antonio Beltrán, el profesor Ton-alba, Santiago Lorén, el movimiento vecinal y las fuerzas políticas de izquierdas, sobre todo el Partido Comunista, también los vendedores ambulantes que en el mercado vendían ajos y naranjas, nos ayudaron muchísimo” -dice. Y, efectivamente, en los textos de la época queda reflejado, como luego veremos, parte de ese extenso apoyo social.

 

Pero antes, es preciso mencionar cual es el momento en que la decisión de derribar el mercado es ya un hecho inminente, y ver que contradicciones e intereses confluían en ese magna obra que pretendía ser la Vía Imperial

El Plan Especial de la Vía Imperial se aprobó provisionalmente por el Ayuntamiento de Zaragoza en 

noviembre de 1973 e inmediatamente viene aprobado definitivamente por el Ministerio de la Vivienda con algunos retoques, entre otros, que se declara monumento la manzana del colegio Escolapios.

 

Afectaba a un total de 11 manzanas, la mayor parte de ellas para ser derribadas. De la venta de la manzana 7, situada junto al Mercado Central que se quería derribar, el Ayuntamiento pensaba sacar la mayor parte del dinero para expropiaciones y urbanización.




La contradicción de intereses se empieza a plasmar ya en 1971. En Heraldo de Aragón (30-5-71) aparece una información que de forma resumida decía lo siguiente: La Asociación de propietarios y ocupantes del sector (se refiere a la anteriormente mencionada asociación creada en el entorno de Escuelas Pías y Cerdán) solicita al Ayuntamiento la permuta del bloque central Cerdán-Escuelas Pías por el solar resultante del derribo del Mercado (para levantar un edificio de nueve plantas)

El presidente de la asociación era Miguel Ferrer Castelar, la permuta estaba solicitada desde el 22 de diciembre de 1967 y el estudio para la permuta lo realizó el abogado Isabelo Forcén Bueno. El estudio sólo iba suscrito por los comercios del sector no afectados directamente. Poco después, en el mismo periódico (11-6-71), y bajo un titular que señalaba: Mil familias dependen actualmente del Mercado Central, el presidente de los detallistas Lázaro Soler les contesta: “Estamos convencidos del gran servicio que hemos prestado y seguimos prestando a los intereses generales de la ciudad.

Hace más de un año que tenemos redactado el proyecto de nuevo mercado.

Los detallistas del Mercado Central no estamos de acuerdo con las soluciones apuntadas por el señor Ferrer. Los afectados de las calles Cerdán y Escuelas Pías percibirán las indemnizaciones correspondientes. Nosotros no.

Pero tenemos un derecho moral. Y me atrevería a decir que también un derecho social. Ha sido el Mercado Central, nadie más que el mercado, el que ha dado vida a todo el comercio que lo circunda. Por eso no podemos estar de acuerdo con el juego de particulares intereses.”

 Si analizamos las anteriores afirmaciones observamos que aparece por primera vez una filosofía clara por parte de los detallistas del mercado: defensa del mercado sobre la base de un servicio que presta a los intereses generales de la ciudad, la creencia de que tienen un derecho social porque el mercado es quien ha creado una específica vida en el entorno y la negativa a entrar en el juego de intereses particulares.

Además, se produce una ruptura, por no coincidir en los fines, entre la Asociación de Detallistas y la de propietarios. Este es el punto de partida de defensa del mercado por sus más directos sostenedores.

Y, efectivamente, la función de regulación de precios que tenía el Mercado Central era una cuestión de interés general en una época, la del desarrollismo, en la que se empiezan a agudizar las diferencias sociales y la libertad de mercado comienza a funcionar a una velocidad que en épocas anteriores se desconocía.

En la entrevista a Angel Sánchez, carnicero, nacido en 1934, y que empezó a ir al mercado a ayudar a su padre, a los 12 años, la memoria le sale a flote cuando recuerda su primera imagen del mercado: “las ratas salían al cerrarse el mercado de abajo que estaban las frutas y verduras… era el barrio que más se vendía de Zaragoza. Lo habitaba la clase media.

Los márgenes de precios estaban marcados y en la posguerra se daban los alimentos con cupones.

La venta más grande fue la primera vez que se pagó la extra de Navidad. Se agotó todo. La gente se lo gastó todo en comer.

Este hombre recuerda también la época en que se empezó a hablar del posible derribo: “A la gente le costaba mucho juntarse -dice, y se queja del carácter de los aragoneses, que no se mueven hasta que las cosas están muy mal-.La clientela estaba con el mercado -continúa-, la gente del barrio también. Soler, que era socialista, promovió la unión con las asociaciones y los partidos. Me sentí arropado por la mayoría de la gente.

En la memoria de los encuestados se entrelazan constantemente tanto aspectos sociológicos como antropológicos de la vida del mercado y su entorno, retazos que en su recuerdo, y en la propia actividad que ellos mismos desarrollaran durante la crisis del Mercado Central, serían utilizados como un valor en defensa de la propia existencia del mercado.

“La memoria de las ciudades se ayuda de atributos naturales de carácter totémico o protector -afirma M.ª Angeles Durán5-: montañas, árboles singulares, ríos, mar, altas rocas.

Pero, además, las ciudades tejen y refuerzan su memoria con palabras, signos, fechas, iconos y construcciones. Ninguno de estos elementos son neutrales o trasparentes: todos tienen detrás una historia, un sentido, una probabilidad diferente de sobrevivir.” Por eso, los que no sobreviven, van desapareciendo de la memoria colectiva y únicamente acaban siendo reconocidos en la memoria individual de los más viejos. Hasta que con el paso del tiempo, terminan borrándose de la memoria o pasan a formar parte de la memoria virtual. 

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Derribo manzana entre cerdan y escuelas pias
Derribo manzana entre cerdan y escuelas pias
Calle Escuelas Pias
Calle Escuelas Pias
Calle Cerdan
Calle Cerdan
Calle Cerdan desde Mercado Central
Calle Cerdan desde Mercado Central
Calle Escuelas Pias y Cerdan desde el Coso
Calle Escuelas Pias y Cerdan desde el Coso

Félix, el mayor de los entrevistados, que hoy tiene 91 años y fue carnicero, recuerda que durante la Iª Guerra Mundial su familia en lugar de estar en el mercado estaba en los porches, que la muralla romana estaba metida en las casas y que en la ribera del Ebro había numerosas posadas. e pagaba por un puesto en el mercado 75 cts.

Repite constantemente que en todo el entorno había una gran actividad comercial, un cabaret de categoría y muchas mujeres de vida alegre por las calles.

En 1976 los acontecimientos empiezan a precipitarse. El año empieza con un titular en Heraldo de Aragón (13-II-76) que señala: “Nuevo plazo a los detallistas. Solicitaron 6 meses de prorroga y sólo les concedieron 3”. En la entrevista de la mencionada noticia, el presidente de los detallistas Sr. Soler dice: “La Avenida Imperial no merece los sacrificios que está costando, porque se malogra al llegar a la Puerta del Carmen

 

  El mercado debe subsistir, porque es una cosa viva; ningún otro edificio puede ser tan singular como éste, bella muestra del hacer arquitectónico de una época. Nosotros estamos dispuestos a hipotecar nuestro futuro 25 años (en referencia a que se ofrecen al Ayuntamiento para remodelar el mercado)”

 A finales de 1976 otro titular de Heraldo de Aragón (31-XII-76) certifica que la situación se mantiene igual: “Nuevo plazo -hasta el 31 de marzo- para el desalojo de los puestos del mercado”. Pero el debate se generaliza y, como decíamos, se amplía.

Se abren coloquios. Así, en la delegación del diario Pueblo en Aragón, 1977 se estrena con un coloquio entre importantes profesionales de la ciudad: Saturnino Cisneros, Santiago Lagunas, Enrique Barrao, Pedro Marqueta, Sierra y José Rubio.

El propio titular centra el tema: “El Mercado Lanuza contra la Vía Imperial”. En síntesis, se viene a decir que el edificio tiene una razón de ser: que la plaza fue diseñada por Ricardo Magdalena para ese uso; y que no hay que olvidar que lo que se persigue es una revalorización del suelo en contra del interés público de la ciudad, degradando más, si cabe, el barrio de San Pablo. 

A principios de ese año, un nuevo sector social organizado en torno a una Asociación de Vecinos del Casco Viejo, que entonces se está creando y está en trámite, colabora intensamente en la campaña por salvar el viejo zoco, como resalta Heraldo de Aragón en otro coloquio que organiza con algunos de los fundadores de la actual Asociación de Vecinos Lanuza-Casco Viejo: Concha López, Teresa Iriarte, Alejandra Conte y Angel Losantos resaltan que la misión futura del mercado debe ser la proyectada por los propios detallistas; que sirva para control de precios, como mercado regulador.



Y así empieza lo que sería el último tramo de la campaña bajo el eslogan de “Salvemos el Mercado”. Algunas voces individuales, pero notorias en la ciudad, escriben encendidos y sentimentales artículos en la prensa que, al margen de la opinión particular, sintetizan lo que cada vez más es un sentimiento generalizado. Santiago Lorén, en Heraldo de Aragón (9-1-77) dice, entre otras cosas: “Durante este año que acaba de nacer, dicen que va a desaparecer la gran manzana de viejas casas que se alzan entre la calle Cerdán y la calle Escuelas Pías.

Así la Vía Imperial -nombre que despierta viejos sueños triunfalistas- llegará hasta la Plaza Lanuza y sólo se encontrará con el estorbo del viejo Mercado, para cruzar el Ebro por el Puente de Santiago.

A pesar de que algunas voces se han alzado a favor de la conservación del viejo mercado como ejemplo de la arquitectura urbana de principio de siglo, yo estoy seguro que lo derribarán y también estoy seguro de que entre sus ruinas -piedras de Calatorao y hierros de forja- perecerá definitivamente mi infancia. 

”En el mismo medio informativo, dos días después, el 11-1-77, Guillermo Fatás escribía: “Los escasos restos de solera ambiental que le van quedando a la buena y vieja Zaragoza no acaban nunca de encontrar decidido protector.

El Mercado Central, evocado en un hermoso texto hace unos días por Santiago Lorén, lleva a cabo una lucha contra la diarrea asfaltadora que no parece sino la de David contra Goliath”. El texto continúa haciendo un llamamiento a las entidades y particulares para que comparezcan apoyando la declaración de monumento histórico artístico del Mercado, lo que garantizaría su conservación.

 El día 18-1-77 los titulares son: “Zaragoza dice si al Mercado Central de la Plaza de Lanuza”. Y es que se había empezado una gran campaña de recogida de firmas, porque el expediente que se tramitaba a través del M.E.C. para la declaración de monumento histórico artístico estaba en información pública durante 9 días. “Ayer habían firmado ya más diez mil zaragozanos de todas las clases sociales” -informa Heraldo de Aragón-. “Esto es un plebiscito” -señala el presidente de la Asociación de Detallistas Lázaro Soler.

En las fotografías se ven carteles con el lema “Salvemos el Mercado”, pancartas de la Asociación de Vecinos que dicen: “Zaragozanos el mercado os necesita. Esperamos vuestra firma.” Y entre los que se acercan a firmar, el Heraldo de Aragón resalta que también lo hace D. Miguel Merino, a la sazón alcalde de la ciudad.

Tremenda paradoja que anunciaba que la batalla a favor del mercado iba a ganarse por la ciudad, pues si el Ayuntamiento de Zaragoza era quien había impulsado la propuesta de derribo del mercado, su máximo representante terminaba por sumar su firma a la de quienes defendían su permanencia.

De forma muy gráfica recuerda el entrevistado José Luis López (cuyo hijo pequeño logró entregar a la reina, cuando visitó Zaragoza el 16 de diciembre de 1975, una carta explicativa de por qué el mercado debía permanecer) cuántas firmas se recogieron en la campaña: “Se recogieron 7 u 8 kilos de folios de firmas, 30 ó 40 mil.” 



Entre los documentos escritos, es de resaltar el que ese mismo día escribía también, con mucha emotividad, el doctor Solsona. Bajo el título: “A los parroquianos de San Pablo. ¡Salvemos el Mercado!”, este ciudadano muy conocido y reconocido en la zona decía: “Haber nacido y vivido treinta anos en la Parroquia de San Pablo, tener antepasados durante tres siglos y tres hijos en ella bautizados, haber recorrido semanalmente sus calles, incluso en anos que me tocó ejercer- fuera de Zaragoza, son razones que me autorizan moralmente para dirigirme a todos los zaragozanos que en ella hayan nacido o vivido y a los que ahora la habitan, para instarles a que una vez más la insigne parroquia, que, desde su fundación en 1256, salvase a la ciudad de tantas situaciones comprometidas, se apreste a la nobilísima tarea de salvar el mercado. Porque salvar el mercado es salvar Zaragoza y la continuidad de nuestra entrañable parroquia.

d todos a firmar en los pliegos establecidos, todos los miembros de la familia, con vuestros hijos, aunque sean pequeños y sus firmas no tengan validez; que firmen en folios para ellos dispuestos y aprenderán así la mejor lección de amor a su ciudad y quién sabe si lo mucho que amen sus habitantes a la Zaragoza del año 2000 arranca de esa balbuceante firma infantil.”

En este momento de la campaña a favor del mantenimiento del Mercado Central puede verse ya claramente que el significado del mismo es para la ciudad de Zaragoza bastante más que lo que pueda atribuirse meramente a su uso social o a su valor arquitectónico. Es el concepto de la propia ciudad lo que se está dirimiendo, y ello porque el espacio urbano del mercado ha adquirido un valor semantizado, repleto de significados individuales y colectivos, históricos y propios del momento en que se está dilucidando su futuro, arquitectónicos y representativos de unas formas de vida y unas relaciones a las que la ciudad no quiere renunciar.  

En definitiva, nos encontramos ante una situación en que la suma de dos elementos iniciales, el puro mercantil y el estrictamente arquitectónico, ofrecen un resultado que no es el de la simple adición de elementos, sino el de su multiplicación por tantos y tan variados que en su conjunto se convierten en una extendida opinión social que fragua lo que desde un punto de vista sociológico se expresaba magníficamente en frase del último artículo de prensa que exponíamos: “Salvar el mercado es salvar Zaragoza.” Esta idea entroncaría de lleno con lo que Bert Klandermans6 considera en su estudio sobre “La construcción social de la protesta”: “Las reacciones que un individuo experimenta ante los fines de una protesta no sólo dependen del contenido de sus reivindicaciones -dice-, sino también del modo en que esas demandas son simbolizadas o presentadas al público.”

En mi opinión, ésta es una de las razones fundamentales con las que la administración local, el Ayuntamiento de Zaragoza, no contaba, ni quizás podía contar por su propia esencia (estamos hablando de 1977), cuando se embarcó años atrás en acometer una operación que significaba para la ciudad algo más que la simple remodelación de un espacio físico.

El mercado y la plaza, en ese enclave de la ciudad, era un espacio simbólico, un espacio que no admitía para los zaragozanos una ruptura entre pasado, presente y futuro, un espacio público urbano con un valor de ciudad altamente considerado así por sus habitantes

. En fin, podríamos afirmar que lo que se estaba dilucidando, consciente o inconscientemente, desde un punto de vista intelectual o desde una reacción sentimental, era la esencia misma de la ciudad. Y se estaba demostrando el profundo divorcio entre la ciudad y sus regidores. 

M.ª Luisa Cancela7, en su mencionado estudio sobre el mercado, terminaba con una alusión a la situación por la que estaba pasando el mismo, y decía, en la línea que comentamos: “La continuación del Mercado en su emplazamiento, con todo su significado en la personalidad del Casco Viejo puede ser el punto de partida hacia el reencuentro de una ciudad que estamos a punto de perder definitivamente en su carácter tradicional y a medida del hombre.”

Prosigamos ahora con esas fechas clave de comienzos de 1977 y la evolución de la situación. En el periódico Aragón Expres (20-1-77), en un reportaje sobre la recogida de firmas de la campaña “Salvemos el Mercado” del domingo anterior, encontrarnos una opinión de un vecino del barrio que puntualiza: “Hablan de que hay ratas, pero las verdaderas “ratas” que quieren sanear no son los roedores (que se pueden exterminar fácilmente con mejoras en el mercado) sino los ciudadanos de tercera que vivimos aquí. Hay que reconocer que estorbamos a quienes quisieran destruir el barrio para levantar rascacielos.”

En esta reflexión de un vecino anónimo se refleja una cuestión de fondo de la que no quedan demasiados testimonios escritos: la alusión a la especulación. Al margen de las denuncias explícitas de la Comisión Gestora de la Asociación de Vecinos del Casco Viejo que se constituyó en esa época: “Las voces que se oyen a favor de la destrucción del mercado son aquéllas que tendrían mucho que ganar”, Heraldo (18-1-77), lo cierto es que el tema de los intereses especulativos se mantuvo siempre bastante oculto.

También se dieron algunas diferencias entre los medios de comunicación, como demuestra la opinión que aparecía escrita en El Noticiero (22-I-77): “A Televisión Española nuestro Mercado Central se le da una higa. Lo mismo que a muchos zaragozanos se les da una higa Televisión Española, mire usted.” O esta otra firmada por “Jalón” en Aragón Expres (7-II-77): “No hemos querido exponer nuestra opinión durante el plazo de Información pública para no causarles (a los detallistas), ni remotamente, el más mínimo perjuicio. Creemos que sería un contrasentido que cuando esa infortunada calle bautizada con el pomposo nombre de Vía Imperial, cubre la última etapa para enlazar con el Puente de Santiago, se pretenda supeditar su funcionalidad e incluso la razón de su construcción al mantenimiento del viejo mercado.

En cuanto a los valores históricos y artísticos que al parecer reúne el mercado, confesamos sinceramente que ni históricamente nos emociona, ni su aspecto genera en nuestro ánimo sensaciones estéticas de mayor cuantía.” Quien firmaba con el seudónimo de “Jalón” en Aragón Expres proponía una curiosa solución intermedia: Hacer la Vía Imperial y trasladar el Mercado Central piedra a piedra. 

Pero a pesar de todo, el breve período de información pública sirvió para dar el último empujón al mantenimiento del mercado. En una entrevista al entonces alcalde de la ciudad D. Miguel Merino, publicada en El Noticiero (22-I-77), se le preguntaba: “La Vía Imperial es una obra promovida por el ayuntamiento, la Vía Imperial es la responsable de que el Mercado esté pasando apuros, pero el ayuntamiento defiende el Mercado ¿Cómo se conjuga eso?. Y el alcalde respondía: “Es preciso replantearse el estudio de la Vía Imperial atendiendo al posible uso y conservación del Mercado. Es preciso no olvidar que, aunque sin proponérselo, el Mercado es un contenedor de precios, y por tanto presta un importantísimo servicio a la sociedad zaragozana.”

También se dieron algunas diferencias entre los medios de comunicación, como demuestra la opinión que aparecía escrita en El Noticiero (22-I-77): “A Televisión Española nuestro Mercado Central se le da una higa. Lo mismo que a muchos zaragozanos se les da una higa Televisión Española, mire usted.” O esta otra firmada por “Jalón” en Aragón Expres (7-II-77): “No hemos querido exponer nuestra opinión durante el plazo de Información pública para no causarles (a los detallistas), ni remotamente, el más mínimo perjuicio. Creemos que sería un contrasentido que cuando esa infortunada calle bautizada con el pomposo nombre de Vía Imperial, cubre la última etapa para enlazar con el Puente de Santiago, se pretenda supeditar su funcionalidad e incluso la razón de su construcción al mantenimiento del viejo mercado.

En cuanto a los valores históricos y artísticos que al parecer reúne el mercado, confesamos sinceramente que ni históricamente nos emociona, ni su aspecto genera en nuestro ánimo sensaciones estéticas de mayor cuantía.” Quien firmaba con el seudónimo de “Jalón” en Aragón Expres proponía una curiosa solución intermedia: Hacer la Vía Imperial y trasladar el Mercado Central piedra a piedra. 

Pero a pesar de todo, el breve período de información pública sirvió para dar el último empujón al mantenimiento del mercado. En una entrevista al entonces alcalde de la ciudad D. Miguel Merino, publicada en El Noticiero (22-I-77), se le preguntaba: “La Vía Imperial es una obra promovida por el ayuntamiento, la Vía Imperial es la responsable de que el Mercado esté pasando apuros, pero el ayuntamiento defiende el Mercado ¿Cómo se conjuga eso?. Y el alcalde respondía: “Es preciso replantearse el estudio de la Vía Imperial atendiendo al posible uso y conservación del Mercado. Es preciso no olvidar que, aunque sin proponérselo, el Mercado es un contenedor de precios, y por tanto presta un importantísimo servicio a la sociedad zaragozana.”

Aunque formalmente todavía pasaría un tiempo hasta que se resolviese el expediente incoado para la conservación del mercado, es claro que el Ayuntamiento anunciaba la marcha atrás de un intento que le había llevado a enfrentarse a la ciudad desde la década de los sesenta.

Cinco días después de esta entrevista, el mismo periódico informaba del resultado de la campaña por salvar el mercado: “Más de 30.000 firmas recogieron los minoristas del Mercado. Se han presentado alegaciones del Colegio de Arquitectos, del Colegio de Abogados, de AEORMA, de la Asociación de amas de casa.

Toda una ciudad en marcha para defender algo que considera como un bien común, es algo muy importante: manifiesta el ansia de participar ordenadamente por los cauces legales de todo un pueblo.”

La batalla estaba ganada. En 1978 se declararía al Mercado Central Monumento Histórico.

La memoria ciudadana retuvo lo sustancial de los hechos. En 1982 se anunciaba la presentación del Proyecto de remodelación del Mercado Central, redactado a instancia de la Asociación de Detallistas y con un coste de cuatrocientos millones de pesetas pagado por ella, más otros cuarenta millones de subvención municipal. El 7 de diciembre de 1982, recogían la noticia distintos medios de comunicación.

Heraldo de Aragón: “Sáinz de Varanda (entonces alcalde) se refirió a la desastrosa avenida que nunca se debió trazar.” Aragón Expres. “Se habló de que las razones desarrollistas argüidas hace tiempo a favor de trasladar el mercado quedaban mermadas por las razones sociales y económicas de los habitantes y comerciantes de la zona. Calificó el alcalde a la Vía Imperial de “auténtico engendro urbanístico.” El Día de Aragón: “Supone el paso definitivo para consolidar el lugar como un centro de ventas y como dinamizador del sector San Pablo en el Casco Viejo de la ciudad. Sin embargo -afirma Lázaro Soler- fue este Ayuntamiento el que asumió nuestro deseo.” 

Como hemos podido comprobar a través de las entrevistas, la memoria persiste hasta hoy día, al menos en las personas que vivieron aquel largo proceso.

También, en la actual Asociación de Detallistas del Mercado Central, que embarcados en un nuevo proyecto de modernización e impulso del Mercado están trabajando para conmemorar en el año 2003 el centenario de la construcción del mismo.

En una entrevista realizada a Teresa Iriarte para este trabajo, mujer que hoy día continúa en el movimiento ciudadano en la Asociación de Vecinos Lanuza-Casco Viejo, que entonces como hemos dicho estaba en trámite de legalización y se creó precisamente cuando el derribo de las manzanas de Escuelas Pías y Cerdán, vemos cómo la memoria se le dispara mientras habla: “La administración decía que la solución del Casco era dinamitarlo. ¿Con gente o sin gente? -le reguntábamos.” Y para demostrar que la lucha por salvar el Mercado Central tuvo un amplísimo apoyo popular, muestra una carta recibida tiempo después (fechada el 4 de septiembre de 1979) de una asociación americana denominada “Friends of Cast Iron architecture” en la que felicitaban a “los amigos de Zaragoza por sus esfuerzos en preservar el viejo mercado” y enviaban 10 dólares como apoyo. 

La historia del Mercado Central de Zaragoza, y más concretamente la de los años en que la administración local pretendió derribarlo, es mucho más que la historia de un edificio modernista que hoy está catalogado de monumento. Es la historia de la construcción de un espacio público que mantiene su esencia camino ya de los ocho siglos.

Continúa manteniendo un uso social cuya esencia, además de la compraventa, es una forma especial de relacionarse, tal como aseveran, sin más explicación, todos los entrevistados que tuvieron un puesto en el mercado: “Los vendedores del mercado somos de mercado -dicen-, que es muy distinto a ser de cualquier otro comercio.” Pero además del uso social intrínseco, el Mercado de la Plaza de Lanuza de Zaragoza, reconvirtiéndose durante siglos, es exponente de un tipo de espacio público muy especial, el mas ciudadano si cabe. La confluencia de gentes diferentes, la heterogeneidad social del perímetro urbano de su influencia, la capacidad de regeneración social a pesar de las largas épocas de extremo deterioro de su entorno, en fin, la continua construcción y re–construcción de una identidad ciudadana que con el paso de los siglos no rompe ese hilo que a veces enhebra la historia social y cultural de las ciudades.

Hoy que estamos en el siglo de la informatización y de la cultura virtual, tenemos en Zaragoza la historia de dos núcleos de centralidad cuyo devenir histórico ha sido muy diferente: La Plaza de Lanuza, la plaza del Mercado Central, que es parte de la memoria real de la ciudad; y en otro sentido, el Paseo de la Independencia, que formaría parte de la memoria virtual. Al decir de Carlos Hernández Pezzi8: “La destrucción de la memoria es una parte inseparable del proceso de creación del espacio virtual, ya que al desaparecer el lugar de recuerdo, en el subconsciente colectivo de los ciudadanos se pierde el continente de los hechos urbanos. Los elementos primarios de la ciudad desaparecen en la epidermis, la memoria se refleja en el imaginario colectivo mediante un maquillaje escenográfico visual.

Es imposible encontrar esa capacidad de representación de los espacios históricos en sus versiones construídas o reconstruídas virtualmente, porque las mallas y redes que configuran el espacio virtual de la ciudad informacional, no sólo deslocalizan las actividades, sino que también producen un efecto evocador de espacios inexistentes, representados por contenidos en los que el historicismo ya no se constituye en una forma tectónica, sino en un parámetro sin vida, una piel que se guarece bajo el paraguas justificativo de la réplica.”

Volvemos a lo que anticipábamos al principio. En la década de finales de los 60 y principios de los 70 se fraguó en la ciudad un movimiento social, que partiendo del problema concreto de los detallistas del mercado, adquirió características políticas y culturales, de percepción de la ciudad, que por primera vez en la época del franquismo simbolizaron a la propia ciudad que se quería para el futuro, convirtiendo la visión de un espacio publico central y de su significado más profundo en consenso ciudadano frente a una minoría política y económica que pretendía modificar algo más que la estructura central de la ciudad, esto es, pretendía borrar la huella social de ocho siglos. 



Todo estaba predestinado para la destrucción de un espacio público de relación, decidido por los “representantes de la ciudad”, pero fue la ciudad misma la que suave pero de forma generalizada, era difícil en aquella época de prohibiciones que fuera de otro modo, fue imponiendo su construcción del espacio, que no era otra que la permanencia de su función secular: sostener y vertebrar la diversidad social del Casco Viejo para que en el futuro se fuera recuperando sin que la ciudad lo perdiera para siempre.