Mercado Central y templo de Mercurio


 

 

En este estudio de la decoración del Mercado Central de Zaragoza se intenta identificar exhaustivamente el ador­no de motivo vegetal presente en el edificio. Es también una aproximación a la interpretación de una creación arquitectónica en la que los elementos decorativos contribuyen muy notablemente a fijar su identidad. Creemos que la decoración del Mercado Central, inscrita en su propia estructura, habla y explica el sentido de un edificio singular.

 

En la primera parte nos detenemos en inventariar los motivos vegetales y animales de la decoración del Mercado Central. Aportamos una cuantificación de tales motivos para ayudar a valorar esa presencia atendiendo no sólo a factores de magnitud sino también de frecuencia. Detallamos también su ubicación espacial. Ésta es, pensamos, la aportación más permanente de nuestro estudio.

 

En la segunda parte entramos de lleno en el aspecto simbólico de la presencia de las plantas y de otras figuras representadas en el Mercado Central, atendiendo en primer lugar a lo que el propio arquitecto explicó al respecto. Como quiera que Félix Navarro dejó sin explicar el sentido de la presencia de algunos de los elementos decorativos del Mercado Central o sólo dio a entender levemente el de otros, intentamos aportar una interpretación razonable (por supuesto, siempre discutible) del posible contenido simbólico de esos elementos.

 

autor: Javier Delgado Echevarria

Autor: Javier Delgado Echevarria

 

(Zaragoza 1953). Bibliotecario y escritor. Activista cultural (militante del PCE aragonés de 1970 a 1995), fue miembro de Andalán  y promovió diversas iniciativas culturales, como las revistas literarias

A viva voz y Poesía en el campus. Zaragoza marina (1982) y El peso del humo (libro de horas profanas) (1988)- y seis de narrativa -Érase una vez una niña (1983), Ética de la resistencia (1987), María (1992), Memoria vencida (1992), Cada vez infancia (1996) y Jardines infinitos (2000), primera y segunda partes de la tetralogía Regalo a los amigos.

Es autor, asimismo, de la biografía Uno de los nuestros (2002) y de distintas obras de arte como Job en Veruela (1996), Claustro gótico del monastrio de Veruela (1998), Retablo Mayor (1999), Coro gótico de la Seo de Zaragoza (2000), Jardín cerrado. Colegiata de Santa María de Borja (2000), Portada del Perdón de la Colegiata de Daroca (2003), Coro de la catedral de Tarazona (2005), Mercado central de Zaragoza (2003), Fachadas de Félix Navarro (2003) y Centro Mercantil de Zaragoza (2004). Además es autor de la Pequeña guía del parque grande (1997) y Un parque para el siglo XXI (2004) con la misma temática.

En colaboración con Vicente Cazcarra , ha escrito Aragón, el regionalismo de los comunistas (1977); con José Antonio Labordeta , Recuerdo de Miguel Labordeta (1987); con Manuel Gil, Recuerdo Rojo sobre fondo azul: luchas obreras en Zaragoza, 1940-1975 (1995), y con Bernardo Lario, El huerto de piedra: flora esculpida en el claustro gótico del monasterio de Veruela.

Encuentro de la Asociación Detallistas Mercado Central con Javier Delgado Echevarria  como  motivo "el Centenario en la Lonja"

Inventario de motivos ornamentales

EN EL EXTERIOR. FACHADA PRINCIPAL (SUR):


Carteles: En los vanos entre las tres puertas: al pie de los paneles de mármol blanco de los cuatro pilares fundamentales hay cuatro carteles de piedra alusivos al comercio, la horticultura, la caza y la pesca. En todos ellos las figuras se superponen a un tallo de acanto clásico en forma de gran ese. En la fachada, de izquierda a derecha: 1: Mulo enjaezado y roscadero con frutas. 2: Tres frutas: granada, manzana y membrillo, colgados por sus pedúnculos, azada y regadera. 3: Ánade muerto, colgado de las patas, cabeza abajo, un arco y una flecha y un fondo acuático con aneas. 4: Dos pescados:(¿merluza y besugo / barbo y perca / lucio y besugo / mero y lubina?) colgados cabeza arriba, un remo y una red.



Puertas laterales: Verjas de hierro con motivos florales de hojas sin especial identidad botánica y flores semejantes a las de girasol adornadas con esferas intercaladas entre sus pétalos.



Dos pares de columnas, dos a cada lado. En sus capiteles, sobre hojas de acanto, cestos de los que sobresalen frutas: granada, manzana y pera o membrillo. (En esto puede haber un simpático guiño: si de un cesto con hojas de acanto nació la idea del capitel corintio,sobre unas hojas de acanto se asientan di aquí cestos con frutas).

En cada uno de los capiteles, un pequeño escudo con una letra: Z, A, R, A en los de la puerta del lado izquier­do y G, O, Z, A en los de la puerta del lado derecho. Entre todos forman la palabra que nombra la ciudad: Zaragoza.



Galerías de arquillos sobre los arcos laterales: sus rejas de hierro hacen motivos geométricos como en arte mudéjar. En ellas hay dos tipos fi de flores: girasoles y rosas.

 

  Cresterías sobre las galerías. Una central cabeza imponente de carnero. A cada lado, cabezas de conejos, frutos de alcachofa, peces, racimos de uva, todo ello unido por tallos y hojas vegetales sin identidad botánica.

 

Fruteros: sobre los pináculos, fruteros con frutas. Se trata, en todos ellos, de un variado con junto en el que pueden distinguirse granadas, manzanas, higos, peras, uvas.



 

Puerta central: A cada lado, un par de altas columnas. En sus capiteles corintios cuelgan grupos de frutas: granadas, peras, higos, manzanas, limones, ciruelas, uvas. En estos capiteles hay también pequeños escudos con las siguientes figuras: 1: El león rampante del escudo de Zaragoza, que se muestra dos veces al exterior y otras dos al interior, sobre las cuatro barras de la bandera aragonesa. 

Bajo estos escudos de los leones aparecen dos serpientes irguién­dose entre las frutas. (La explicación se encuentra en uno de ellos - el del capitel de la columna interior de la izquierda según se accede a la planta calle por la arcada central de la fachada sur - en el que se muestra la figura completa: el escudo de Zaragoza está inscrito en un caduceo sobre el que destaca el casco alado de Mercurio). 2: Tres espigas y una hoz. 3: Un pez sobre un tridente y un anzuelo. 4: Una balanza "romana" con un ramo de laurel. 5: Un ave alcanzada en pleno vuelo por una flecha



 

La puerta se cierra con verjas de hierro iguales a las de las puertas laterales. Pero en éstas, hay además en la forja trazos de tipo vegetal (sin identidad concreta) y patentes flores y frutos de granado.

Sobre el arco central está esculpido en piedra, bajo la Corona del Reino de Aragón, el escudo de Zaragoza, rodeado de espigas, pámpanos de vid, racimos de uva y tallos vegetales entre los que pueden leerse dos letras: S y H, del título de "Siempre Heroica" concedido a la Ciu­dad tras los sucesos del 5 de marzo de 1838, la cincomar­zada. Del escudo cuelga una condecoración en la que puede verse tallada una estrella de seis puntas y en su in­terior una figura humana, la imagen de la Caridad (ma­trona que acoge a dos niños): por Real Decreto de trece de julio de 1886 "la Reina Regente del Reino (María Cristina) en nombre de su Augusto Hijo, el Rey D. Al­fonso XIII, autorizó al Ayuntamiento de Zaragoza para unir a sus títulos el de Muy Benéfica y ostentar en su es­cudo de armas la Cruz de primera clase de la Orden civil de Benificiencia."

La inscripción "Año 1903", es el de la fecha de inauguración del Mercado. Sobre todo ello, en el centro, una pequeña torreta cuadrangular para un reloj circular. Sobre el reloj, una breve columna cilíndrica sobre la que brillan, superpuestas, dos pequeñas campanas con macillos exteriores. 



 

Fachadas laterales (al este y al oeste). No hay diferencias entre ambas fachadas laterales: altas columnas de hierro en cuyas basas hay ramas de olivo con frutos y en cuyos capiteles hay frutos de granadas y conchas con perlas. En la parte inferior de las fachadas, entre las columnas cierres metálicos (seis en cada vano) con un motivo vegetal central en cada uno: una flor de cuatro pétalos en el centro de cada plancha de hierro. Creemos reconocer en ella la flor del berro de los prados (Cardamine pratensis), planta brasicácea de la familia de las crucíferas, que nace espontáneamente junto a fuentes y regatos, muy difundida en la mitad norte de la península ibérica. Sus flores de cuatro pétalos y sus hojas fueron ya representadas en el arte gótico, desde luego por su bonita forma, pero también a causa de sus conocidas virtudes medicinales, como excelente antiescorbútica. 



En el centro de cada una de las fachadas laterales se abre una entrada al Mercado, con rejas de hierro decoradas con los mismos motivos vegetales que vimos en la entrada principal: hojas sin especial identidad botánica, flores inspiradas en las de girasol y frutos de granado.

Los dinteles metálicos que embellecen los arcos de estas puertas laterales tienen una decoración basada en motivos vegetales: en el centro flores en las que creemos reconocer la forma de la neguilla (Agrostemma githago), y en los extremos búcaros con flores cuyas figuras se han geometrizado totalmente haciendo de ellas unos sencillos círculos. La neguilla fue también una planta estudiada desde antiguo, con una flor ya representada en el arte gótico, seguramente por la forma especial que presenta vista frontal mente, con sus finos sépalos muy patentares entre los pétalos. Pero también en su caso hubo razones vinculadas a sus propiedades medicinales. La semilla de la neguilla es tóxica y su presencia en los trigales la convierte en un factor negativo a tener en cuenta a la hora de fabricar la harina, a la que además le comunica un sabor amargó.

Sobre cada una de las entradas laterales, un a modo de templete de cuatro columnas en cuyo vano central se muestra una celosía de diseño arabesco de piedra en la que hay una colmena y tres cabezas aladas (tres cabezas de labrador aragonés con pañuelo ceñido, dice Navarro) y un fruto central: una piña. La palabra ZOCO (sinónimo de mercado, palabra de origen árabe) y algunas hojas puramente decorativas, sin especial identidad botánica.

 




 

Sobre el templete, en el centro, se alza el símbolo del dios Mercurio, dios del comercio: un caduceo (vara en la que se enroscan dos serpientes) y el casco alado del dios. A ambos lados del caduceo, dos cuernos de la abun­dancia (cornucopia) que presentan frutas entre las que distinguimos granadas, peras y uvas. 

 

En los dos extremos laterales, sendos fruteros seme­jantes a los que se ven sobre los pináculos de las fachadas norte y sur.

En el interior. Planta calle.

Toda la decoración interior de la planta del mercado aprovecha la estructura de hierro forjado, en la que repite motivos ornamentales.

Las columnas (cuyas filas laterales hemos visto desde el exterior) tienen en sus basas la figura de cuatro ramas de olivo con olivas y en sus capiteles cuatro frutos de granadas (dos abiertas) y una concha con tres perlas. 

Las cerchas curvas del arco de la nave central presentan, de abajo arriba, figuras de grandes espigas, caduceos y jarrones con flores de girasol.

Las cerchas de las naves laterales presentan la fi­gura estilizada de un jarrón central con uvas y a sus lados, surgiendo de largos y sinuosos sarmientos, hojas y flores de vid a las que se ha aplicado una embellecedora desproporción que hace a las flores mucho más grandes que los racimos de uva y los pámpanos.

 


 


 

Las vigas de celosía que unen las columnas de la fila central son estructuras rectangulares de hierro en cuyos centros se ajustan tarjetones esmaltados policromos. Esta estructura presenta grandes motivos ornamentales de forja a ambos lados de cada tarjetón: se trata siempre la figura de un búcaro con un girasol. Los tarjetones exhiben figuras re­presentativas de los productos que se venden en los puestos del mercado. En la cenefa que enmarca las figuras de cada tarjetón está representada la flor de neguilla (que los relaciona con la decoración de los dinteles férreos de las entra­das laterales del Mercado: una sutil alusión que confirma la idea de que toda la decoración del mercado, hasta sus más ínfimos detalles, obedece a un plan perfectamente trazado en su concepción).

 

 



 

Los tarjetones fueron restaurados en 1986, tras lo cual se re colocaron sin tener en cuenta su ubicación original, que desgraciadamente desconocemos. Hoy día, iniciando un recorrido desde la fachada principal (sur) hacia la fachada trasera (norte) y volviendo desde ésta hasta la fachada principal se ven tarjetones con las siguientes imágenes:

En el lateral oeste: 1: Melocotones. 2: Gallina y po­lluelos. 3: Racimos de uva. 4: Peces. 5: Ánade en vuelo. 6: Zanahorias y nabos. 7: Gallina y huevos. 8: Panes y cesta de higos. 9: Alcachofas. 10: Langosta. 11: Cabra. 12: Pájaros 13: Ciruelas. 14. Codornices. 15: Jabalí. 16: Manzanas y melones. 17. Ternero. 18: Naranjas. 19: Olivas negras. 20: Coliflor. 21: Cordero.

En el lateral este: 22: Pavo. 23: Cerdo. 24: Corzo. 25: Aves negras. 26: Peras. 27: Gallo. 28: Toro. 29: Perdices. 30: Cordero. 31: Melón abierto y melocotones. 32: Faisán. 33: Vaca. 34: Pato. 35: Angulas. 36: Membrillos. 37: Pájaros. 38: Conejos. 39: Carnero. 40: Dos palomas. 41: Cerezas. 42: Peces. 

 


 

Teniendo en cuenta la sistematización que Félix Nava­rro hizo de los productos en venta en el Mercado Central (carne, hortalizas, frutos, caza y pescado) se advierte una cantidad superior de tarjetones con productos provenientes de la ganadería (que él nombra como carne) en 13 tarjeto­nes, seguidos de los frutos en 12, los provenientes de la caza en 10, las pescados en 4 y las hortalizas en 3.

 

Esta escasa re­presentación de verduras y hortalizas (sorprendentemente limitada a las alcachofas, coliflor, zanahorias y nabos) llama la atención aún más en una ciudad cuya huerta ha propor­cionado siempre una gran cantidad y diversidad de produc­tos, algunos de merecida fama. ¿Primó la elección de las fi­guras una valoración estética, formal?

Semisótano: En el semisótano (concebido inicial­mente como importante ámbito comercial) se ven las im­ponentes pilastras y dos filas de columnas centrales distin­tas de las columnas de la planta calle. Se trata de colum­nas menos altas y más anchas que aquéllas, con elegantes capiteles en forma de flor de loto embellecidos cada uno con cuatro flores de girasol.

 


Principales motivos ornamentales.


Cuantificamos los motivos vegetales y animales sin tener en cuenta las figuras del interior de los tarjetones, cuya presencia responde a otra intencionalidad (como el propio arquitecto explica).

 

Animales: cinco son los tipos de animales represen­tados en el Mercado Central: peces, 11 veces; conejos 8; carneros, 4; mulo, 1; ánade, 1. Tres animales dom'ésticos y dos de caza y pesca.

Vegetales: son dieciséis las plantas principalmente re­presentadas (se excluyen las de guirnaldas, cornucopias y fru­teros). Por orden de frecuencias: Girasol: 460. (En vigas de celosía: 84. En columnas de hierro semisótano: 144. En cer­chas: 160. En cierres fachadas norte y sur: 20. En vallas fa­chadas norte y sur: 20. En puertas fachadas laterales: 16. En celosía galerías de arquillos: 16). Granada: 329 (En cierres fa­chadas norte y sur: 8. En columnas de hierro planta calle: 304. En capiteles columnas fachadas norte y sur:16. En car­tel fachada principal:1). Olivo: 304. (En columnas de hierro planta calle). Berro de los prados (Cardamine pratensis): 240 (En cierres laterales). Neguilla (Agrostemma githago): 88. (En tarjetones: 84. En dinteles laterales: 4). Trigo: 82. (En cerchas: 80. Junto al escudo de Zaragoza: 2). Vid: 50. (En cerchas: 40. En cresterías: 8. Junto al escudo de Zaragoza: 2). Loto: 36. (En columnas de hierro semisótano). Manzana: 33. (En cestos capiteles: 32. En cartel fachada principal: 1). Membrillo: 17. (En cestos capiteles: 16. En cartel fachada principal: 1). Rosa: 16 (En celosía galerías de arquillos). Pera: 13. (En cestos capiteles: 12. En cartel fachada principal: 1). Alcachofas: 8 (En cresterías: 8). Piña: 2. (En hornacina col­mena). Anea:1(En cartel fachada principal). Laurel: 1 (En es­cudo emblema Balanza). 


 

En cuanto al loto, su presencia en los capiteles de las columnas de hierro del semisótano (a los que

Es importante advertir la absoluta ubicuidad del olivo y la granada, por más que por su tamaño no estén evidentes a primera vista: están en todas las columnas de hierro de la planta calle (y cuatro veces en cada una). La presencia de la granada en los capiteles de las columnas de hierro, en los capiteles de las columnas de piedra y en las verjas de las cuatro puertas de entrada al mercado hace que su importancia como motivo ornamental se amplíe. Esta tan notable presencia de la granada en el Mercado

Central de Zaragoza nos resulta un tanto sorprendente-. acaso razones meramente formales la promocionaron a la hora de diseñar el adorno del Mercado, pues su belleza es singular y ha sido desde antiguo realzada en el arte. I- -también como fruto ha sido desde siempre muy aprecia­da, y muy pronto entró en el mundo literario, emblemá­tico y simbólico. Acaso su vinculación al mundo na: y al arte árabes tuvo también algo que ver con su elección por Félix Navarro, a tenor de sus propias declaraciones (que más abajo citamos) de sincera admiración hacia La cultura arábiga.

da su forma) hace de ella también un motivo ornamental de primera magnitud. Seguramente, aparte de su belleza formal, su presencia en el Mercado tiene mucho que ver con el resur­gir de motivos orientales en la literatura y el arte de la época, incluso con un cierto renacer del esoterismo. 

La importancia primordial del trigo y la vid no re­sulta solamente de su patente ubicuidad y el gran tama­ño de su representación en las cerchas, sino también por su presencia junto al escudo de la ciudad, en representa­ción (como Navarro explica) de la producción agrícola de nuestra comarca. En el caso del trigo, es también su pre­sencia junto al caduceo de Mercurio en las cerchas del arco central, lo que le dota de una especial significación


Lo mismo puede decirse de la flor de girasol, la figu­ra vegetal más representada en el Mercado: prácticamente no hay lugar, ni en el exterior ni en el interior, en el que no se nos muestre su característica imagen. Seguramente predominaron también aquí razones formales, pero no pa­rece casual su inclusión en un plan decorativo en el que se intenta orientar la mirada hacia las alturas, en una direc­ción en la que los elementos naturales alcanzarían una su­perior dimensión simbólica. No es raro que para ello se eligiera una planta que contiene en sí misma la natural ca­pacidad alimenticia y su ya desde antiguo admirada apa­riencia luminosa y solar. 

La especial ubicación de la alcachofa, la manzana, el membrillo y la pera en los conjuntos emblemáticos de la fachada (capiteles, cresterías, y carteles), en los que están en representación de la horticultura, hace que su impor­tancia crezca muy por encima de lo que les corresponde por su tamaño y por su frecuencia. La escasa presencia de la rosa (y su reducido tamaño y marginal ubicación) res­ponde precisamente a este planteamiento general: esta­mos en un ámbito dedicado a las plantas agrícolas, útiles y alimenticias, vinculadas a la agricultura y la horticul­tura, y no al mundo de la jardinería (al que sólo pertene­cen en el Mercado, además de la rosa, el loto y el laurel).


Simbolismo en la ornamentación. El posible tratamiento simbólico del adorno vegetal se asienta en el co­nocimiento de las características botánicas, no sólo formales, de la planta representada, de los usos y costumbres (medici­nales, mágicos, folclóricos) a ellas vinculados y del ámbito simbólico con que la tradición las ha connotado, incluyén­dolas en la representación de ideas más o menos abstractas. 

El uso ordenado del adorno vegetal en las artes y en la ar­quitectura puede estar al servicio de un programa icono16- gico con una intencionada connotación simbólica.



 La evidente presencia de elementos vegetales en la or­namentación de muchos de los edificios diseñados por Félix Navarro habla por sí misma de la querencia de este arquitecto por ella. Ciñéndonos a su obra en Zaragoza, la mayoría de sus edificios muestran a las claras su gusto por una ornamentación vegetal perfectamente visible por el paseante. Que esta presencia de adorno vegetal tenga de­seadas connotaciones simbólicas por parte del arquitecto está por demostrar en un estudio detallado, que debería tener en cuenta la época de su realización, sus plantea­mientos generales sobre la arquitectura y el sentido de los escritos del propio arquitecto sobre la concepción de algu­nas de sus obras. Pero constatamos ya que el adorno ve­getal en las obras de Félix Navarro remite claramente a formas concretas de la vegetación y participa de un len­guaje iconográfico generalizado, gracias a lo cual los ele­mentos concretos de ese adorno pueden ser identificados y, a partir de ahí, entendidos, interpretados. Esto es lo que vamos a intentar en este apartado sobre la posible conno­tación simbólica del adorno vegetal en el Mercado Central de Zaragoza.


El uso habitual de adornos arquitectónicos dotados tradicionalmente de cierta connotación simbólica y algu­nos párrafos de los propios escritos del arquitecto han sus­citado a menudo la cuestión de la posible pertenencia de Félix Navarro Pérez a la masonería. Pero no hemos encon­trado ninguna prueba documental al respecto. Se ha adu­cido, como indicio añadido, la posible pertenencia a la ma­sonería de su hijo Miguel Ángel. Pero lo único cierto es que su hijo fue acusado de pertenecer a la masonería en una época en la que tal acusación fue empleada sin escrú­pulos como parte de una campaña dedicada a la justifica­ción del exterminio de los adversarios políticos, de modo que aquella acusación nada dice de cierto sobre su verda­dera pertenencia a la masonería. El profesor José Antonio Ferrer Benimeli incluye al hijo de Félix Navarro en la lista de quienes fueron acusados sin ningún fundamento. Las personas que colaboraron con Félix Navarro en la cons­trucción del Mercado tampoco aparecen en documenta­ción relativa a la masonería.



Conviene aclarar, por otra parte, que de la pertenencia de un arquitecto a la masonería tampoco debe deducirse una influencia concreta en los programas iconográficos emplea­dos en sus obras. No parece que ser masón haya obligado nunca a adscribirse a una tendencia o escuela artística, de modo que pueden observarse notables diferencias en las obras de artistas y arquitectos pertenecientes a la masonería en un mismo país y en una misma época. Baste, como ejem­plo ilustrativo, reparar en la obra de un arquitecto masón (éste sí conocido como tal, además de militante socialista), el zaragozano Francisco Albiñana (1887-1936): un recorri­do por los principales edificios de Albiñana dará idea de lo que pretendemos explicar, pues realizó obras de muy dife­rentes características formales a lo largo de su carrera.


El simbolismo de Félix Navarro estaba en el ambiente y no hacía falta pertenecer ni a la masonería ni a ninguna otra organización para acceder a su estudio. Se trata de un conocimiento muy extendido entre la intelectualidad euro­pea de su época, en la que, a finales del siglo XIX, se revi­san asuntos fundamentales de la cultura y la civilización de Occidente. En esa revisión entran los asuntos vinculados a la simbología: la mitología clásica, las influencias culturales de Oriente, las tradiciones simbólicas vinculadas a la mito­logía clásica, la emblemática, el folclore y también un cier­to esoterismo fin de siglo. Estas cuestiones serán objeto de atención generalizada y entrarán en los estudios de artistas, arquitectos e ingenieros con toda naturalidad, como parte de una completa formación humanística. Y ello ocurre pre­cisamente en una época en la que los avances tecnológicos permiten nuevas formas de expresión de las ideas: el hierro y el cemento, junto con el vidrio y el ladrillo, etc., nuevos y antiguos materiales constructivos en un diálogo nuevo entre ellos, revitalizarán una tradición simbólica por lo demás nunca olvidada: antiguos programas iconográficos podrán ser presentados con nuevas formas de expresión y hay una clase social deseosa de manifestar su concepción del mundo por medio de ellos.



 Simbolismo: Lo que el arquitecto explicó.

El propio arquitecto dio algunas explicaciones de la presencia de las figuras representadas en el Mercado Cen­tral. Lo hizo especialmente en un largo artículo de presen­tación de su obra, publicado en "Heraldo de Aragón" el mismo día de la inauguración del edificio, el miércoles 24 de junio de 1903. En él amplía muchísimo lo declarado hasta entonces (por ejemplo, en una entrevista concedida a este mismo diario el viernes 25 de julio de 1902, con las obras aún en marcha).

Félix Navarro se detiene en la explicación de muchas de las figuras, pero no comenta todas. Parece interesado en un tratamiento del adorno en el que las figuras están por aquello a lo que aluden directamente (un pez es la pesca, un racimo de vid la frutería, una alcachofa la horticultura, el caduceo está por el comercio, etc.), propio del lenguaje alegórico, más que atendiendo a un simbolismo más pro­fundo. Pero su texto ofrece algunos elementos de juicio para valorar otras posibles intenciones. 

Citamos a continuación (en cursivas) las explicacio­nes que Navarro dio de algunos elementos decorativos del Mercado Central, tras una formulación general de sus intenciones: Como el decoro de un edificio no estriba sólo en que resulte útil y con buenos materiales, había que hacerlo tam­bién artístico.

El mercado y el arte: ;Cuántas actividades concurren a proveer un mercado! ¡Cuántas luchas y esfuerzos previos re­presentan aquellas mesas de abundancia! La nobleza del arte se identifica con cuanto es digno y honrado; por eso aquí canta el trabajo humano, condensación de los medios y los fines de la vida en cuanto es material realidad.

El diseño general del edificio: Las proporciones y combi­naciones generales de líneas, y la esbeltez de las estructuras, que pare­cen pregonar nuestra soberanía de hombres sobre la cosas materiales.

Los arcos de las fachadas de testero: Afectan forma de arcos triunfales romanos, por los cuales pase el pueblo ya culto, victorioso sobre anteriores rudezas y mezquindades.'


El escudo de Zaragoza en la fachada principal: Sobre la clave del arco principal se ve el león zaragozano entre vides y espigas; o sea con los típicos alimentos. (...)En los frentes exteriores de capitel, provisto de guirnaldas de frutas en sus án­gulos, se ve el león zaragozano sobre las barras de Aragón, como expresión ya regional de toda esta comarca productora. Bueno será advertir que el león, en general, expresa el más alto potente sol de julio, el signo zodiacal Leo, y se ha escogido siempre con cierta con­ciencia de intensa vitalidad. España y Zaragoza son en este par­ticular ¡lo idéntico!

ponde a la composición de capiteles, se presentan otras ideaciones habiéndo­se escogido entre muchas propuestas las que parecieron más cla­ras. 

Los carteles de la fachada principal: Emblemas del trabajo humano para procurar directamente la alimentación. El cultivo, azada y regadera y un racimo de frutas: medios y fin. La caza, un pantano, un arco con flecha y un ánade alcanzada, pe­nalidad y habilidad. La pesca, recuerdos de olas, remos, redes, y un grupo de peces cogidos. El trajín o acarreo, una cabeza de mulo y un roscadero típico, lleno de productos vegetales.



Los emblemas de los capiteles corintios: Los ca­piteles de tipo corintio, de las columnas, tienen como motivo fun­damental el heredado caduceo clásico, el sombrerillo de Mercu­rio, (...) El caduceo clásicp representa maravillosamente dos serpientes o egoísmos, la inferioridad de lo que no se eleva del suelo, contrapuestas; pero armonizados ante una norma bajada del cielo, un cetro con alas, una ley o razón que las contiene. Eso debe ser la equidad en el fecundo trato mercantil, necesario a la vida. Alrededor de esa idea principal, como corres

 


Entre los emblemas de los escuditos de capitel grande, se ve una hoz que siega, una mano que vendimia, ave alcanzada por flecha, el fiel con laureles, por estarlo, etc., esas y otras cosas es o debe ser un mercado. (Curiosamente, aquí Navarro menciona un emblema de la Vendimia, que no encontramos, y no menciona uno, creemos que de la Pesca (un pez sobre tridente y anzuelo) que sí encontramos es­culpido en ese lugar ¿Se trató de un lapsus wlami o de un cambio del diseño original?).

Los capiteles de las arcadas laterales de los tes­teros: Son sencillamente canastillos rebosando frutas y marca­dos con una letra, que al ser ocho en cada fachada entre todas las letras dicen ZARAGOZA, porque los productos de una re­gión forman su carácter o nombre.

Las figuras de las cresterías: La crestería sobre las galerías decorativas, un resumen de la alimentación: "carne, hortalizas, fruto, caza y pescado". (Se trata de una composi­ción —repetida cuatro veces en el edificio— en la que el carnero está por la carne, las alcachofas por las hortalizas, los conejos por la caza, los racimos de vid por la fruta y los peces por la pesca). 

 


Los fruteros: Las coronaciones de pilaren son "fruteros".

La colmena y las abejas de las entradas laterales: En las portadas laterales y ya que en efecto Zaragoza es como el corazón mismo de España, se ha dedicado un recuerdo de gratitud que debe vibrar en nuestra conciencia nacional hacia la civilización árabe. Ante hornacina con fondo de decoración ara­besca, vese una concha cuya perla o contenido valioso es una col­mena de abejas visibles que son tres cabecitas de labrador ara­gonés (con su pañuelo ceñido aún a modo de turbante) y entre el festoneado de la concha se ven las letras ZOCO del nombre ará­bigo español de Mercado. España, por mediación arábiga, di­fundió ciencias, artes y productos de primer orden para la civi­lización en general. 

 

Los árabes españoles vulgarizaron la universal numeración y el papel, factores tan importantes para el comercio. La cultura arábiga enseñó a distribuir los riegos en el campo, enseñó la cerá­mica esmaltada, importó ricas frutas de Asia y Africa, la seda, el algodón, el añil y hasta según estudios arabistas de nuestra propia Universidad, nos enseño el arte de administrar la justicia en el Justiciazgo aragonés


Los tarjetones esmaltados del interior: Son ya en lo industrial piezas de mérito, y se han fabricado en Zaragoza (Vi­ñado y Burbano). Estas placas, colocadas de seis en seis metros de distancia y en número de 42 a lo largo de un ancho friso. De otros modos también decorado para evitar la sequedad de una simple viga de aspas, llevan imágenes de alimentos de bello aspecto (...). En su conjunto todos estos cuadros de esmalte recuerdan la vajilla decora­da, lo deseable para la alimentación del hombre culto y próspero y en su detalle servirán para fijar la atención popular sobre todo de quien no lee letras ni números para designar los lugares del merca­do. "Fulana, se dirá, vende debajo del cartel del jabalí" o enfrente de la pintura "de unos moscateles".

 

La costumbre de designar con imágenes en la Edad Media las posadas, hosterías, etc., tenía gran razón de ser y muy re­cientemente en París han rivalizado los más famosos pintores en especial certamen de muestras artísticas para designar las tien­das, de otro modo que con la sequedad de números y letras. En algunos ferrocarriles extranjeros se ha adoptado también dis­tinguir los coches con imágenes además de tener la usual nume­ración.


 

 

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Incluso sobre los mismos propios materiales de construcción empleados tiene Félix Navarro algo que decir en un sentido simbólico. Y lo que dice al respecto es toda una declaración de principios:

CODOS en la comarca de Calatayud, la provincia de Zaragoza

Sin duda ninguna la humanidad gusta del arte en las cosas y tanto más cuanto más civilizada; pero no debe desconocerse que cier­tas materialidades excelentes influyen no poco en la estimación pú­blica de una obra cuando son conocidas. En ésta debe notarse que para evitar el desgaste de las graderías se ha empleado por primera vez en España construcción en una roca durísima, pórfido de áspera dierita de dificil labra y permanencia insuperable. Esa roca, cde ori­gen ígneo, es de lo más primitivo del planeta, de lo más hondo de los terrenos, pero brotó eruptivamente en los pirineas, en los alpes y en otras montañas. Aquí, en nuestra provincia, hay un "cabezo" de die­rita en Codos, de donde se ha traído. El color bronce de esta piedra es muy grato, sobre todo hallándose mojado. 

Así pues, vemos que Félix Navarro, en sus comenta­rios sobre el Mercado Central, dejó establecidas unas líne­as de interpretación, a partir de las cuales podemos obtener una idea general de su concepción del edificio y compren­der el sentido de los elementos constitutivos de su decoracion


Tiene, pues, Navarro una forma de concebir el edifi­cio porque tiene una forma de concebir el trabajo humano (al que canta con su arte), el comercio (un fecundo trato) al que está destinado, las relaciones (de equidad) de los seres humanos entre sí, las de éstos con la materia (sobre la que rei­nan), con su propia intimidad espiritual (victoria sobre las rudezas, mezquindades y egoísmos) y con una inspiración su­perior (una norma bajada del cielo, una ley o razón).



A Navarro le merecen tanto respeto las materias con­cretas con las que se trabaja en el mercado que pone a su servicio no sólo su capacidad creativa sino unos materiales de construcción que estima excelentes para la misión que se les encomienda, esas materialidades excelentes de las que habla con tanto orgullo como precisión, para construir el Mercado Central como ámbito de transformación de lo efí­mero (la compraventa cotidiana) en permanente (el comer­cio), y por lo tanto dotado de unas normas que lo elevan a la categoría de actividad civilizadora.

Alrededor de esa idea principal, como él mismo se­ñala, se ideó el conjunto de la ornamentación de nuestro Mercado Central, una ornamentación que lo embellece y lo hace comprensible y por lo tanto disfrutable por el conjunto de la población.

Y lo que el arquitecto no explicó

 

 

A la concepción general del Mercado explicada por Félix Navarro convienen, como él mismo declara, los ele­mentos decorativos que diseñó, algunos de los cuales ex­plicó. También pudieron convenir otros, sobre los que no se pronunció, cuya explicación creemos que completa y re­fuerza las ideas defendidas por el arquitecto.



La piedra, el ladrillo, el hierro y el cristal, materiales constructivos, están al servicio de un tratamiento muy es­tudiado del aire y el agua, dos elementos naturales espe­cialmente importantes, que hay que dominar si no se quiere que un viento destructor y una humedad malsana perjudiquen gravemente la cotidianidad del mercado. La higiene, una de las obsesiones de la época, fue también una prioritaria preocupación profesional de Félix Nava­rro. También la luz se tuvo en cuenta a la hora de dotar al Mercado de una estructura diáfana, comprometida con las necesidades higiénicas pero también con la necesaria cla­ridad de las operaciones comerciales. Una luz que, vincu­lada a la altura, alcanzaría categoría como símbolo de las aspiraciones de superación moral propuestas por el arqui­tecto. La consideración del espacio desde el punto de vista de la luz (de su origen natural, en primera instancia), y por lo tanto desde consideraciones de inferioridad /supe­rioridad ofrece una de las claves más importantes del sen­tido de la ornamentación del Mercado Central, como in­tentaremos mostrar en el apartado siguiente, dedicado al simbolismo vegetal.

 

Simbolismo vegetal. La mayoría absoluta de las plantas representadas en el Mercado Central nos resultan absolutamente familiares y no requieren especial presenta­ción. Han sido desde la más remota antigüedad objeto de atención, no sólo agrícola y culinaria sino cultural, inclu­so en el ámbito de la experiencia religiosa. Su notable ca­ lidad botánica les dotó enseguida de un gran protagonis­mo de nuestra civilización: enseguida participaron tam­bién en la elaboración —incluída su faceta mítica, literaria y artística— de una visión del mundo en la que lo material y lo espiritual se darían la mano. Todas adquirieron muy pronto una inextinguida capacidad de representación sim­bólica de preocupaciones, satisfacciones y aspiraciones del género humano.

 


De todas ellas, las dos únicas plantas que presentarí­an una posible connotación simbólica negativa son, preci­samente, las únicas plantas silvestres: el berro de los pra­dos y la neguilla. Existe la creencia de que las flores del berro de los prados son las favoritas de las serpientes, por lo que resultaría peligroso recogerlas. En cuanto a la ne­guilla, en el folclore centroeuropeo se ha relacionado a la neguilla con el diablo y con la locura. Es posible que en el diseño decorativo del Mercado, pleno de plantas agrícolas, útiles y alimenticias y en el que todo colabora en la exal­tación de un proyecto civilizador y socializador, estas pe­queñas plantas silvestres estén precisamente aportando una llamada de atención hacia la presencia de los peligros que siempre amenazan el positivo desarrollo de la civiliza­ción o hacia los elementos que, como excepción, siempre intentarán mantenerse ajenos a ella. Se trataría de un de­talle de una notabilísima sutileza intelectual y artística.

 

 

El espacio interior central del mercado estaba destina­do al tránsito de las personas (lo que era aún más evidente en el diseño original de la colocación de los puestos de venta), verdaderas protagonistas de las actividades realiza­das en él, pregonando nuestra soberanía de hombres sobre las cosas materiales, como quería el arquitecto. En un inmediato se­gundo espacio de centralidad, se muestran los elementos propios del comercio alimentario. Y se muestran en su re­alidad (en los puestos de venta), en su representación artís­tica (en los tarjetones) y en su representación simbólica (en las columnas, en las vigas de celosía y en las cerchas latera­les y centrales), para la cual se ha reservado, además, un es­pacio especialmente significativo en las alturas del edificio (las cerchas curvas del arco central).



Emblemáticos en la fachada, el trigo y la vid se en­señorean (desde las cerchas) del espacio interior del mer­cado. Lo hacen unidos a las flores de girasol, que por su parte contribuían a embellecer e "iluminar" (desde los capiteles de las columnas de hierro) el espacio del semi­sótano. También participan del espacio interior otras plantas que se muestran en el exterior: el olivo, la grana­da (ambos en las columnas) y la neguilla (en el dintel de las entradas laterales y en la cenefa de los tarjetones).

Una observación más atenta evidenciará cómo el paso de todas estas plantas al interior del edificio viene acompa­ñada de una elevación en altura. Los campos de trigo y los viñedos que rodean los puestos de venta lo hacen desde una altura superior, manteniendo una categoría simbólica ya adquirida en la fachada, y al resto de las plantas esa eleva­ción espacial también las elevará a una categoría superior como símbolos: eso ocurrirá muy especialmente en el caso de las flores de girasol: presentes en el semisótano y en loscierres metálicos de las entradas, ascienden a las alturas de las cerchas curvas del arco central y allí se muestran repeti­damente como símbolo de la transformación de la materia gracias a la luz solar.

 

Algo semejante sucede con los frutos del granado: al alcance de la mano de quienes acceden al interior por cualquiera de las puertas que permiten el acceso a la planta calle, pero también en los elevados e inaccesibles capiteles de las columnas. Atractivo fruto agridulce, co­nocido símbolo de la fecundidad, podrá transformarse en el interior, en la altura de los capiteles, en símbolo de la amistad y de la generosidad. Y sobre estas granadas, por cierto, las conchas con perlas se exhiben como símbolo de la purificación y el perfeccionamiento a partir de la materia más humilde.

 



El olivo es también árbol simbólico de la prosperidad y de la paz desde los más remotos tiempos. Sin tierra y oli­vares, ¿qué serían las ciudades?, dice un viejo refrán que po­dría fundamentar su presencia en el Mercado Central si la presencia de los olivares que rodean Zaragoza no fuera ya suficiente razón. Su no inclusión en la fachada, entre los tí­picos alimentos de los que habla Navarro puede así compen­sarse sobradamente con esta ubicuidad, especialmente si tenemos en cuenta un también antiguo proverbio árabe: El aceite es el pilar de la casa. ¡Y lo encontramos representa­do en las basas de todas las columnas de la planta calle! En -cuanto a una relación entre el olivo y la luz, en el Corán encontramos una importante alusión al respecto: Dios es la luz de los cielos y de la tierra (...) Se enciende gracias a un árbol bendito, el olivo. Admirador, como hemos visto, de la cultu­ra arábiga, Félix Navarro pudo tener en cuenta éstos u otros pensamientos semejantes.

Los frutos de los capiteles corintios de las columnas de las entradas sur y norte, los que se muestran en los cuernos de la abundancia y en los fruteros expresan esen­cialmente la misma idea de copiosidad, fecundidad, abundancia, prosperidad y felicidad, elevando las frutas cada vez a superiores alturas del Mercado, como exhi­biendo una ofrenda frutal a plena luz del sol. Una anti­gua representación de la Felicidad fue una mujer corona­da de flores, sobre un trono, sosteniendo en la diestra un caduceo (símbolo de la paz, de la virtud y de la sabidu­ría) y en la siniestra una cornucopia llena de frutos (sím­bolo de las riquezas). Foelicitas Publica, era la inscripción que le acompañaba. El caduceo y las cornucopias que vemos expuestos en las entradas laterales del Mercado Central bien podrían estar proclamando ese deseo de Pú­blica Felicidad.

Sólo a una planta de las representadas en el Mercado se la ha excluido de esta norma general de elevación espacial como vía de transformación y entrada en el ámbito de lo sim­bólico: el loto, que da forma a los capiteles de las columnas del semisótano. Salida de la oscuridad, se abre a plena luz: es el símbolo de la plenitud espiritual. Junto al agua y en la penum­bra, una flor de agua que busca la luz, que significa ella misma la conquista de la luz interior en un contexto religio­so de muerte y resurrección. En las tripas del Mercado Cen­ tral, una de las flores más espirituales del planeta. Verdade­ramente, a esos lotos no les hacía falta nada más.

 



¿Y gracias a qué mecanismo todas estas plantas ex­perimentan una ransformación que los convierte, más allá de su inmediata capacidad alegórica de la prosperidad material y de la paz, en elementos de una simbología ce­lebradora de la superación intelectual y moral? Es por obra del caduceo que reina entre todos ellos en este edifi­cio consagrado a Mercurio. Es la acción de esa norma ba­jada del cielo, como lo expresa Félix Navarro, la que pro­picia una general transformación de la materia gracias a la cual sobrevive materialmente el género humano en mate­ria espiritual gracias a la cual supera la inferioridad de lo que no se eleva del suelo. La presencia en el Mercado Central del dios Mercurio sería la clave del sentido de toda su or­namentación vegetal.

 

El caduceo de Mercurio está representado en cuaren­ta y tres ocasiones, a lo largo y ancho del Mercado Cen­tral. Está discreta pero significativamente unido al escu­do de Zaragoza en los capiteles corintios de las altas co­lumnas de las entradas principales (al menos en el diseño original, según se desprende del citado texto de Navarro, aunque sólo lo hayamos encontrado en el capitel de la co­lumna interior de la izquierda según se accede en la plan­ta calle por la arcada central de la fachada sur). Está per­fectamente expuesto sobre las dos puertas de las fachadas laterales, en una clara entronización del dios en un espa­cio comercial. Y está francamente exhibido en todo el in­terior del mercado en las bellísimas cerchas curvas del arco central. Si elevamos la vista lo veremos ahí, en una verdadera epifanía, a la que contribuye maravillosamente la luz del sol de mediodía. Y en esa epifanía el caduceo está ubicado precisamente sobre las espigas de trigo y bajo búcaros con girasoles, en una posición cuya signifi­cación es fácil comprender: por su mediación se produci­rá el triunfo de la espiritualidad sobre la materia, precisa­mente a partir del respeto exquisito a esa misma materia en la que se origina el alimento que asegura nuestra su­pervivencia, y gracias al esfuerzo cultural (al que contri­buyen las comunicaciones y el comercio) por la conquista colectiva de grados más elevados de espiritualidad.



El dios Mercurio (el Hermes griego) desempeña en la mitología occidental la función de heraldo celestial. Sus atributos principales simbolizan esa misión: sus sandalias aladas, su caduceo y el "petasus" o casco alado, aluden a su función de dios comunicador entre el mundo terrenal y el olímpico, protector de los caminos, de los viajeros, del co­mercio, del lenguaje, de la elocuencia y en general de la co­municación. Mercurio también actúa como guía y conduc­tor de las almas al Más Allá. Su caduceo es símbolo del poder subsidiario del dios sobre la muerte, lo que le con­vierte en inductor de una de las formas del éxtasis místico que permite la purificación espiritual. De la paz fue tam­bién emblema, desde la Antigüedad, su famoso caduceo: vara de oro en torno a la cual se enrollan en sentido inver­so dos serpientes, instrumento y atributo habitual de Her­mes o Mercurio, empleado para abatir ante él enfrenta­mientos y discordias (como recuerda en su artículo FélixNavarro). Mercurio es un dios protector de las artes y las le­tras, de las artesanías y de los oficios productivos, conoce­dor de las características del género humano, al que señala y ayuda a encontrar el camino hacia la luz, especialmente interesado en su superación intelectual y moral: de ahí su muy antigua vinculación a la cábala y a la alquimia, escue­las de perfeccionamiento moral.

Simbolismo zodiacal. La alusión de Félix Navarro al león del escudo de Zaragoza como Leo, símbolo zodia­cal pudiera ser la clave conceptual de otro aspecto del simbolismo con el que fueron concebidas las figuras que decoran el Mercado Central. Recordemos sus palabras: Bueno será advertir que el león, en general, expresa el más alto potente sol de julio, el signo zodiacal Leo, y se ha escogido siem­pre con cierta conciencia de intensa vitalidad.

 

Podemos colegir de sus palabras que Navarro cono­cía y estimaba en algo la simbología zodiacal, tanto como para mencionarla públicamente en ese importante artículo inaugural, y que pudo tenerla en mente a la hora de diseñar la ornamentación del Mercado. Por ello nos atrevemos a plantear la siguiente propuesta, en la que se tienen en cuenta los signos del zodiaco al mirar la orna­mentación de la fachada principal. •



Si el león del escudo de Zaragoza es Leo, la impac­tante cabeza de carnero que domina en las cresterías bien pudiera ser Aries. Navarro relaciona ésta directamente con la venta de carne. Pero eso no es obstáculo para re­cordar que el carnero es uno de los animales vinculados a Mercurio, ya que es protector de los rebaños. (También podría relacionarse con Mercurio, por cierto, el remo que vemos en el cartel de la fachada dedicado a la pesca, anti­guo símbolo del comercio marítimo).

Si el León es Leo y el carnero es Aries, el arco y la fle­cha del cartel dedicado a la caza también pudiera ser Sa­gitario y los dos peces del dedicado a la pesca pudieran ser Piscis. Casualmente, Aries, Leo, Sagitario y Piscis son cuatro signos de las cuatro estaciones del año: Aries es de la primavera, Leo del verano, Sagitario del otoño y Piscis del invierno. En la fachada principal del Mercado estos signos estarían ante el observador en el orden oportuno, de izquierda a derecha. ¿Podemos deducir que Navarro quiso aludir de una forma discreta, en esa fachada, a las cuatro estaciones del año?

 

De ser así, en la fachada principal del Mercado tendrí­amos cuatro elementos visibles de una alusión al zodíaco, la clave de cuya lectura la hemos encontrado en las palabras del arquitecto sobre el león del escudo de Zaragoza como Leo. De todas formas, hay que advertir que los signos del zodíaco que corresponden a los cambios de estación (por co­rresponder a los equinoccios y solsticios) y que los simboli­zan comúnmente no son estos cuatro sino Aries, Cáncer, Libra y Capricornio. Eso deja abierta la puerta a otras in­terpretaciones sobre la posible presencia de Aries, Leo, Sa­gitario y Piscis en esa fachada, para las que debería tenerse en cuenta también la presencia del Sol y de Mercurio y sus respectivas ubicaciones en el edificio.

 



RECAPITULACIÓN. La ornamentación del Mercado Central combina perfectamente dos factores complemen­tarios: el uso de unos elementos decorativos concretos y su distribución espacial en el conjunto del edificio. Un edifi­cio, concebido como edificio parlante cuya estructura es so­porte de una decoración en la que un conjunto de plantas perfectamente identificables, todas ellas presentes en nuestro entorno cercano y dotadas de una notable y posi­tiva connotación simbólica desde la más remota Antigüe­dad, colaboran en la expresión de un mensaje perceptible y comprensible por el visitante.

Los puestos de venta del Mercado Central están, gra­cias a la ornamentación del edificio, virtualmente rodea­dos de olivares, campos de girasol, viñedos, trigales, huer­tos en los que crecen hortalizas como la alcachofa y frutas como las granadas, manzanas, membrillos y peras, como lo está realmente la ciudad en la que se produce su acti­vidad comercial. Aneas, laureles, lotos, palmeras y rosales embellecieron siempre los jardines de Zaragoza. Félix Navarro no tuvo sino que mirar a su alrededor para ins­pirarse a la hora de diseñar una decoración adecuada al edificio del Mercado. Compradores y vendedores, por su parte, reconocerían inmediatamente allí elementos de un paisaje local en el que durante siglos han trabajado labo­riosamente como las abejas de las colmenas esculpidas sobre las puertas laterales quieren simbolizar.

 

Si nos atrevemos a hablar del Mercado Central como templo de Mercurio es porque así nos lo permite la reite­rada exhibición en él del caduceo, instrumento y emblema del antiguo dios. Es una forma de expresar que en su inte­rior se rinde culto cotidianamente, sin especiales ceremo­nias, a la libre comunicación entre las personas y a la sa­crosanta lealtad a la palabra dada, base y garantía del acto comercial. Vemos así un Mercado concebido como obra ar­tística en la que se quiere celebrar la exaltación del pueblo ya culto, victorioso sobre anteriores rudezas y mezquindadesLa construcción del Mercado Central de Zaragoza surge, a caballo entre el siglo XIX y el XX, en el seno de una concepción del mundo y de la vida en la que influye poderosamente un optimismo que desgraciadamente la Primera Guerra Mundial no tardaría en desmentir. La co­yuntura española propiciaba el compromiso social y ani­maba el vuelo de la imaginación de arquitectos e ingenie­ros: España podría disfrutar de construcciones de nuevo cuño, capaces de responder a las necesidades materiales del momento e incluso capaces también de contribuir con su belleza a la promoción de los necesarios cambios en la forma de vida de los españoles.

A esa empresa intelectual y moral quiso contribuir Félix Navarro, arquitecto zaragozano de formación uni­versal, con sus construcciones plenamente dotadas de hi­giene, utilidad y belleza. El Mercado Central de Zarago­za es una buena muestra de ello. Afortunadamente, aún lo podemos disfrutar como lo que es: un monumento es­pléndido al que acudimos cotidianamente a vender, a comprar y a encontrarnos con nuestros conciudadanos. Que así sea por siempre jamás.